Capítulo 13: La Costa de los Dinosaurios (2ª parte)

—No —respondió el Gris—, son Pog Clinc, el bribón de mi antiguo ayudante, que desapareció hace ya tiempo y al que creíamos devorado por algún dinosaurio, y el señor Benavides, uno de esos enanos que se dedica a preservar libros del hambre siempre insatisfecha de los ratones de biblioteca. Pero ellos nos traen noticias ciertas y excelentes: dicen que, casi con toda seguridad, Iker y los demás se han infiltrado ya en la Cueva de los Enanos.

—En tal caso, deberíamos dar cuenta a Merlín de esa circunstancia, para que ponga en marcha su plan.

—Precisamente a eso se debe nuestra venida, querido Snorri.

—Pero no os quedéis en la puerta. La luz del candil puede atraer a los siluros. El que nos descubrieran ahora sería fatal para nuestro intento.

Siguiendo la indicación del albino, nos apretujamos los cuatro, junto con la ingente cantidad de documentos rúnicos de toda laya esparcidos por la estrecha oquedad de piedra, y accionó de nuevo el mecanismo que cerraba la puerta. La claustrofóbica sensación de agobio que entonces me invadió me hizo recordar el chusco episodio de la topera de Villa Vidinha, de cuyo atoramiento solo pudo sacarme el polvo de hadas.

De eso, para mí, debía hacer más de un siglo, aunque cabía la posibilidad, según le tenía oído a Matías de cómo iba el tiempo en el interior de la sima, de que hubiera sucedido tan solo unas noches antes. Pero habían de venir aún más estrecheces.

Snorri Saknussenn, tras requerir la ayuda de Pog Clinc, subió con agilidad a su mesa de trabajo, levantó una tapa de pergamino, pintado con el color de la roca, disimulada en el techo, y nos invitó a seguirle en el ascenso por lo que no parecía sino una oscura y estrecha chimenea.

—Es un camino incómodo —dijo—, pero es la vía más segura para llegar a Merlín y su troupe circense.

Trepábamos con mucho trabajo por el angosto pasadizo; Pog Clinc ayudaba y sostenía el ascenso del mago Gris y Snorri Saknussenn y yo nos sosteníamos mutuamente, agarrándonos a los tiznados salientes de piedra de lava.

—Yo pensaba que el carácter volcánico del Pico Ocejón era solo una apariencia, cuando se observa su cara sur, pero por esta chimenea y lo negra que se me han puesto las manos de escalar por su pared, no parece sino que sea volcán auténtico y aun que ha tenido erupción no hace mucho —dije en un instante en que nos detuvimos a recuperar el perdido aliento.

Se volvió hacia mí el Gris y, con una sonrisa condescendiente, replicó:

—Es el secreto de la Sima Desconocida. Aquí las cosas son cada vez lo que parecen. Por eso solo hay que saber mirarlas para sacar de ellas, como de los penachos de nubes que cruzan por el claro cielo de verano, un mundo nuevo y cambiante en cada momento. A esto, en alguna ocasión, se le ha llamado magia.

Reanudada nuestra ascensión, acabamos por atisbar su fin bajo la forma de un claro de luz acuosa que, con figura de círculo, se recortaba sobre nuestras cabezas, al tiempo que nos caía encima una fina lluvia de mínimas gotículas. Llegamos al interior de una galería, cuya boca tapaba la espesa cortina que formaba la impetuosa corriente de las chorreras de Despeñaelagua, dejándose caer, en medio de florecidos campanones amarillos, desde casi setenta metros de altura. Servía esta de entrada a una amplia caverna de techo altísimo y paredes rugosas, de cuyo techo se desprendían calcáreas estalactitas de caprichoso dibujo. Se alzaba en su fondo una especie de anfiteatro de piedra y por él se hallaban esparcidas las figuras familiares del elenco artístico del circo del Gran Ta-Morlán.

—¡Albricias, viejo amigo! —exclamó el mago Gris, aproximándose al centro del rocoso anfiteatro, donde permanecía sentado en tosco escabel un abatido Merlín—. Aquellos a quienes aguardábamos acaban de llegar.

—Si me hubierais dado semejante noticia solo hace unos días —respondió— me habría alegrado sobremanera. Mas ahora…

—Pues ¿qué ocurre? —preguntó un desconcertado Snorri Saknusen.

—Sucede que todo nuestro plan descansaba en la clave de bóveda de propiciar desde dentro de la Sima una carga feroz contra los siluros por parte de las Caballeras de la Mesa, pero estas no moverán un dedo contra nadie si no es por indicación de la reina y la reina permanece, de un tiempo a esta parte, absorta en la contemplación de una rara flor de loto azul que alguien le ha proporcionado, sin oír ni hablar a nadie. He probado con todos los recursos de mi magia, pero he sido incapaz de conseguir que levante los ojos de la dichosa flor, o que responda ni media palabra a mis súplicas… ¡Ya no sé qué hacer! ¿Acaso puede la vuestra sacar a la reina de su ensimismamiento?

El mago Gris y Saknussenn negaron tristemente con la cabeza:

—Yo, en realidad, nunca he gozado de los dones de la magia. Solo soy un erudito —dijo este.

—Y yo he olvidado, a causa de mis muchos años, casi todos los conjuros y fórmulas mágicas que alguna vez dominé. La única magia que ahora puedo hacer, son las croquetas de boletus, que, eso sí, me salen riquísimas.

—Pero enano raro si sabe —dijo Pog Clinc de manera inesperada, para asombro de los tres magos, señalándome con el dedo.

—¿Cómo…? —preguntaron casi al unísono.

—Sí. Enano raro despierta piratas contándole historia de libro en castillo de arpías.

Me miraron de modo tan apremiante que no tuve sino que narrarles el desencantamiento de la tripulación de El Temido, siguiendo la feliz intuición de Yoguina y su fe en el poder de las palabras.

—Podría funcionar —musitó para sí Merlín pensativo—. Desde luego, nada perdemos por intentarlo.

Se levantó de su escabel y emprendimos la marcha sin dilación alguna. Nos escoltaban los tres antiguos payasos, recuperados ya sus hábitos primitivos de caballeros medievales, cuya apoltronada vida reciente, sin embargo, les había ensanchado las cinturas y aflojado las carnes, de manera que soportaban con dificultad el peso de sus armaduras y estas dejaban escapar por algunas de sus articulaciones vergonzantes rollos de grasa.

Buscando no ser descubiertos, nos reintrodujimos en la sima por excéntricas y oscuras galerías y nos deslizamos por toboganes inverosímiles. Trazamos de este modo un recorrido laberíntico, durante el cual acabé por perder toda noción de dónde me hallaba y del tiempo que había durado paseo tan intrincado y tenebroso.

Hicimos, por fin, nuestra entrada en la cámara real, una inmensa caverna de techo altísimo y perfil redondo, a la que se accedía por una curiosa arcada en forma de ojiva y a cuyo fondo, bajo un amplio dosel de seda dorada y elevados sobre un pedestal de imponente altura, se veían los tronos del rey y de la reina, de piedra tallada, con innumerables volutas, acantos y otros muchos dibujos geométricos o florales. Delante de ellos, en dos semicírculos separados entre sí por un ancho pasillo central, formaba en marcial silencio el ejercito de las Caballeras de la Mesa Redonda.

—¡Merlín, ya era hora! —dijo el rey, así que nos vio entrar, al tiempo que se lanzaba, casi trastabillando, escaleras abajo de su alto trono—. ¡Desde no sé hace cuánto te esperaba como agua de mayo!

—Nunca es tarde, si la dicha es buena. ¿Hay algo nuevo por aquí?

—Todo sigue igual, pero esto es un infierno. Desde que le dieron esa maldita flor azul, la reina no ha vuelto a desplegar los labios y, si eso no es malo del todo, pues, en ocasiones tiene tendencia a hablar más de la cuenta sin dejar meter baza a nadie en la conversación, también se hace pesado no tener a quien dirigirse. ¿Cómo se puede reinar con este silencio ominoso? ¿A quién le voy a dar órdenes, si nadie me escucha? ¡Tienes que hacer algo, Merlín, o terminaré por volverme loco!

—El poder tiene eso —dije incapaz de contenerme—, si no hay sobre quien ejercerlo, no sabe a nada.

Detuvo el rey su descenso de súbito y, mirándome de hito en hito, preguntó con desprecio:

—Y este idiota ¿quién es?

Me sentí un poco corrido y un mucho humillado. Cuando iba a musitar no sé bien qué en mi defensa, Merlín se adelantó a replicar las insolentes palabras reales con cierta respetuosa sorna:

—Majestad, «este idiota» es nuestra última esperanza para despertar a la reina y movilizar a las caballeras.

—¿Ah sí? ¿Y cómo piensa hacerlo? —replicó entre titubeos, claramente arrepentido de su anterior arrebato verbal.

—Tiene sus métodos, que ya ha probado con éxito en ocasión precedente.

—Le diré un libro de los muchos que preservo en mi memoria. Suele bastar para que los afectados recuperen su interés por algo que no sea la flor de loto azul

—Empieza, pues, cuanto antes, si no te importa. Estoy impaciente por contemplar ese prodigio —y en su voz se percibía aún un eco de escepticismo.

—Está bien: se titula La cólera de Iker, me lo enseñó Matías, y dice:
«Me llamo Yogui. Soy un westy de catorce años. Si, como dicen, cada año de la vida de un perro es como siete en la vida de un hombre, se podía decir que ya tengo noventa y ocho años a mis espaldas. Pero eso son paparruchas…».

Cuando terminé de decir el libro, pude apercibirme de que Merlín, Saknusen y el Gris me miraban con los ojos arrasados en lágrimas, el rey se removía un poco azorado, lanzando furibundas ojeadas a lo caballeros y expayasos, de quienes el relato sorprendía una conversación en la que se referían en términos poco adecuados tanto al rey, como a la reina, y esta, de modo desabrido se dirigió a él:

—Y tú pretendías resolver esta crisis apoyándote en semejantes fantasmones, buenos para nada…

—Pero, querida —le interrumpió tímidamente el monarca—, yo no sabía…

—¡Silencio! ¡Ya hablaremos después tú y yo y esos supuestos caballeros! —a los que, por cierto, hizo palidecer con solo referirse a ellos—. Ahora vamos a lo que importa: ¡A mí las Caballeras de la Mesa Redonda! ¡Vuestra reina os necesita!

Se levantaron las caballeras como una sola mujer a su llamado y se dispuso a ordenarlas para la batalla.

—Majestad, un momento, por favor —la interpeló Merlín.

—Sí, viejo mago —replicó con cierta altivez, quizás connatural en ella.

—Hay noticias de que disponemos de fuerzas leales infiltradas en el interior de la Cueva de los Enanos y otro contingente, compuesto por aguerridos marineros y soldados de casacas rojas, al mando de un vicealmirante, en la playa de los Dinosaurios, muy cerca de la entrada. Quizás sería conveniente coordinar la acción de los tres cuerpos, de manera que el ejército enemigo se disperse y, no sabiendo a qué frente acudir, se genere en él la confusión y el caos. La victoria será más sencilla y menos costosa de ese modo.

—Estás en lo cierto, pero ¿cómo vamos a coordinarnos?

—Estos dos amigos —dijo señalándonos a Pog Clinc y a mí— han venido con las tropas de refuerzo. Cada uno de ellos puede dirigirse a una y advertirles de que, a nuestra señal, desencadenen el ataque.

—¿Señal? ¿Qué señal?

—Cualquiera valdrá. Por ejemplo, tres toques largos del Cuerno de Carga. Su eco resonará por todos los túneles y cavernas de la Sima y será fácilmente oído por todos.

—También por los siluros —respondió la reina.

—Sí. Pero solo nosotros sabremos lo que significa: orden de acción inmediata.
En lo que a mi atañía, el plan de Merlín presentaba un serio inconveniente, que pudiera dar con él al traste por completo: lo ignoraba todo sobre la geografía de la Sima Desconocida, de modo que no encontraba el modo de llegar a la Cueva de los Enanos y, una vez en ella, de hallar a mis compañeros de viaje para ponerlos al corriente de nuestros propósitos.

—Es cierto —replicó el mago pensativo—. Puede que no haya otra solución: dado que tú no sabes llegar, que sean nuestros propios enemigos quienes te conduzcan allá. No es difícil, solo tendrás que hacer lo que yo te diga…

Siguiendo aquellas instrucciones, vestido con ajado disfraz de enano minero que Merlín sacó no sé muy bien de dónde, cuyas groseras costuras, fruncidas con hilo de cáñamo, se clavaban en mis carnes de modo inmisericorde, recorrimos en sentido inverso la estrecha chimenea que desembocaba en la cueva de Snorri. Desde ella nos separamos en dos grupos: Pog Clinc y el Mago Gris partieron hacia el Bosque de los Hongos, y de ahí llegarían a la Playa de los Dinosaurios, para prevenir a Lord Crokinole de lo que se iba a hacer y en qué modo ellos deberían colaborar; Saknussenn y yo cogimos una galería lateral que, tras no pocas idas y venidas, vueltas y revueltas, nos llevó a una una boca de túnel a medio tapar por lo que parecía había sido un desprendimiento de algunas rocas del techo, debido, al parecer, a las frecuentes labores mineras que en torno a ella se venían realizando.

—Dadme tiempo para regresar y haced lo convenido —me dijo el erudito albino.

Aguardé unos minutos y cuando me percaté de que ya se hallaba a distancia prudencial, grité a pleno pulmón:

—¡Una esmeralda arcoíris! ¡Una esmeralda arcoíris! ¡Es enorme y perfecta! ¡Será una piedra poderosa!

Quebró mi grito la tranquilidad casi monacal que se respiraba en la cueva, cuyo silencio solo se veía truncado por el rítmico y espaciado golpeteo de los picos al chocar contra las paredes de piedra. Se formó en torno a mí un barullo que, arrancando en los enanos y siluros que tenía más próximos, fue extendiéndose como una ola por el interior de la caverna, hasta alcanzar el último de sus rincones.

—Mantenla tapada —me decían algunos—; si la hiere un rayo de luz, aunque sea de una vela, puede saltar por los aires.

Enseguida me rodearon media docena de siluros malencarados que, apuntándome con sus toscos lanzones, me obligaron a caminar junto a ellos para llevarme a presencia del visir, en tanto yo apretaba entre mis manos un modesto canto rodado que, envuelto en un légamo pegajoso, había recogido del suelo un momento antes.

Capítulo 13: La Costa de los Dinosaurios (1ª parte)

Algunos días de difícil navegación más tarde, fondeábamos frente a la Costa de los Dinosaurios, como la habían bautizado Matías y los chicos. La derrota hasta ella desde el Reino de Espejo a bordo de El Temido resultó bastante complicada por lo reducido de la tripulación: bajo el experto mandato del señor Terophontax, nos habíamos tenido que bastar las guineas, dos marineros procedentes de la Victoria, cuatro soldados con nociones de navegación y yo mismo. No cuento a los numerosos polluelos que, más que colaborar, lastraban las maniobras del cabotaje, con su incesante bullir de un lado para otro, a cuyo refreno se veían obligadas las gallinas que, a causa de ello, apenas participaban en las tareas de cubierta. De todas formas, a la estela de la balandra inglesa y, tras alguna peripecia con la que no quiero alargarme, pudimos, por fin, coronar nuestro viaje.

La Costa de los Dinosaurios se presentaba ante nuestros ojos en la forma de una inmensa playa de arena fina y blanquísima, enmarcada en lo que parecía un bosque tropical, coronado por una apretada fila de aparentes penachos de palmas y cocoteros que, mirados más de cerca, resultaron no ser tales, sino altas frondas de helechos arborescentes.

Eran sus aguas de una total transparencia, que dejaba apreciar un fondo de corales multicolores sobre los que veíamos nadar, en busca de alimento, criaturas inquietantes y enormes cuyo nombre ignorábamos, si es que alguno tenían y no pertenecían a especies extinguidas muchos siglos antes de que nadie viniera a dárselo.

Echamos los esquifes al agua y nos dirigimos a la orilla, temiendo a cada boga ser pasto de aquellos monstruos horribles, si se les ocurría levantar la vista de los arrecifes de coral y subir a procurarse comida en la superficie.

No fue así, por fortuna, ni para nosotros, ni para los doris de Lord Crokinole y el resto de la tripulación y soldados de la Victoria, así que en no mucho tiempo pudimos reunirnos todos felizmente en la playa. Era esta sumamente extensa y terminaba a la derecha en el apretado bosque que también se advertía por detrás y que, en este punto, venía a morir en la orilla; por el otro lado se divisaba la oscura boca de una caverna que supuse se trataría de la cueva de los enanos. No había rastro de ninguna otra embarcación atracada en la dársena natural que la playa formaba, así que nos invadió la incertidumbre de si nuestros compañeros no habrían llegado aún, por habernos adelantado al visir y al barco que los transportaba, o si este habría atracado en otro lugar de la costa, oculto y desconocido para nosotros.

Desvaneció la duda Lord Crokinole, alegando ser imposible que el navío de Ibn Alkanisas hubiera navegado más despacio que El Temido, dada su escasa dotación y la poca pericia marinera de ella y viendo, además, cuánto se nos había adelantado aquel en el trayecto entre Bagdasco y el Reino del Espejo.

—Lo que aún ignoro —concluyó el Vicealmirante inglés— es lo que toca hacer ahora. Solo tú, Benavides, puedes tener noticia de si había prevista alguna estrategia concreta, o alguna línea de actuación, una vez llegáramos hasta aquí.

—En realidad —repliqué— solo recuerdo vagas indicaciones de un individuo bastante estrafalario, a quien Matías y los chicos llamaban Merlín, y que se decía mago, a propósito de unas supuestas Caballeras de la Mesa, cuyo ataque habría de distraer a los siluros para permitir que Iker, Lucas y Matías accedieran a la Cámara de las Gemas, donde Yogui reposa, a fin de tranquilizar su sueño y conseguir alejarlo de la perversa influencia de Croma.

—Y ¿dónde hallaremos al mago ese?

—Pues, en verdad, no tengo la menor idea, mi Lord.

—Pog Clinc sabe dónde mago —dijo el cerdito para sorpresa de todos los presentes—. Pero no Merlín. Pog Clinc sabe dónde Mago Gris, muy viejo.

—Y ¿cómo sabe Pog Clinc eso? —preguntó Lord Crokinole, haciéndose eco de la intriga que a todos nos habitaba.

—Pog Clinc nace aquí. Pero aquí poco queso. Pog Clinc marcha isla grande a por más.

A falta de encontrar a Merlín, Lord Crokinole decidió que Pog Clinc y yo procuráramos entrar en contacto con el Mago Gris, del que este hablaba, y al que yo creía recordar que también se había mencionado, junto a alguien llamado Saknusen, en nuestro encuentro con aquel después de la famosa función de circo, donde prendió la mecha de la loca aventura que, desde entonces, nos ocupaba.

Iniciamos ambos el camino y, siguiendo la ruta marcada por el cerdito, nos internamos en aquella extraña selva tropical que rodeaba la playa. A medida que nos alejábamos de la costa, daba esta paso poco a poco a una vegetación distinta, propia de más altas latitudes, hasta convertirse en un bosque de media montaña, formado por pinos, quejigos y enebros y cuyo suelo se veía tapizado por una infinita variedad de setas. Había descendido la temperatura ambiente y los helechos rastreros se espaciaban cada vez más, siendo sustituidos por jaras y brezos.

Llegamos así a un punto del bosque en que la vegetación se espesaba sobremanera y las ramas de los árboles formaban una cúpula natural, por la que los rayos del sol solo penetraban en forma de delgados hilillos; descubrimos allí la singular figura de un anciano encorvado, provisto de cabellera y luenga barba grisáceas, cubierto con manto y sombrero también de un gris tan desvaído que casi tiraban a blanco. Le enmarcaban el arrugadísimo rostro, en el que destacaban unas orejas y narices de desmesurado tamaño, anchas cejas densamente pobladas de pelos albos.

Al sentirnos llegar, se enderezó el anciano dejando de lado su recogida de algunas de las muchas setas que tapizaban el suelo y, mirando a Pog Clinc de hito en hito, exclamó airado:

—¡Ya era hora, bribón! ¡Llevo no sé cuánto tiempo esperando que me traigas la ruda y la raíz de mandrágora! ¡Tampoco creo que sean tan difíciles de encontrar en este bosque! ¡Seguro que te has distraído por ahí en busca de queso! ¡Eres un irreprimible glotón!

Se ruborizaba el cerdo, bajando la cabeza y acertó a murmurar a modo de disculpa:

—Pog Clinc fue a por un poco de queso, sí; pero Pog Clinc no tarda mucho: solo ocho o nueve años.

—Igual son más. Pero bien está —replicó el viejo, ya más calmado—, ¿trajiste las hierbas?

Negó el Chester con la cabeza, a punto de provocar, sin duda, otra explosión de ira del mago, cuando me vi en la obligación de intervenir:

—Creo que ahora hay asuntos más apremiantes que las hierbas esas, si ha podido el señor Mago Gris esperar por ella tantos años.

—¿Ah, sí? ¿Cuáles? Y, por cierto, ¿tú qué haces que no estás en la cueva, procurando gemas como todos los demás enanos? —preguntó, mientras me miraba con una chispa de curiosidad en los ojos, como sopesando si era o no conocido suyo—. Aunque tú no hueles a sudor de la mina. Hueles a tinta y papel viejos —prosiguió, venteándome como un sabueso—. No parece sino que fueras uno de esos enanos tan raros que dicen preservadores de libros. Una vez conocí uno. No, pero no eras tú. Me acordaría si lo fueras…

—Soy, en efecto, preservador de libros, mas no el que el señor Mago conoce. Pero, como decía antes, ahora lo que importa es hablar con Merlín. Nuestros compañeros esperan unos en la playa y otros puede que haya logrado introducirse en la Cueva de los Enanos para asaltarla desde dentro. Iker, Lucas y Matías están entre ellos…

—Entonces ¿vosotros sois de los que estábamos esperando? ¿Y qué hacéis aquí, perdiendo un tiempo precioso? Y tú, Pog Clinc, maldito comedor de queso, ¿por qué no me has avisado de quién era el enano que has traído hasta aquí? ¡Ah, jóvenes buenos para nada! ¡Es inútil pretender que hagáis algo con sentido antes de los cumplir los cien años! Seguidme hasta el habitáculo de Snorri Saknusen, él sabrá cómo avisar a Merlín, pero sed un poco más discretos o los muchos siluros que no dejan de patrullar el bosque os descubrirán y darán la alarma —y al decir esto alzó inesperadamente la voz, lo que hizo que Pog Clinc y yo cruzáramos nuestras miradas con clara manifestación de desconcierto.

Finalmente, renunciando a comprender las absurdas reacciones del mago, fruto, sin lugar a dudas, de su edad avanzada, lo seguimos, en tanto, ahora sí con suma cautela, se internaba en la espesura.

Se movía el mago con mucha más soltura y agilidad de lo esperable por esta, así que en poco tiempo nos vimos ante la boca de lo que se intuía como un intrincado laberinto de galerías y cavernas, de cuyos techos se desprendían inúmeras columnas y estalactitas que adoptaban las formas más caprichosas y sugerentes que imaginarse pueda. Flotaba en el aire denso de la cueva una luminosidad fosforescente, bastante para moverse com facilidad por ella y que ignoro de dónde procedía.

Demorándonos mucho más tiempo del que hubiera sido necesario en recorrer un oscuro túnel, que giraba una y otra vez sobre sí y que alcanzaba una longitud que, por lo mismo, no pude calibrar con precisión, nos dimos de bruces tras él con una firme pared de roca, que parecía marcar su final y definir un auténtico callejón sin salida.

—Parece que hemos errado el camino —sugerí impaciente, ante lo que se me antojaba una muestra más de la senilidad del mago.

No se dio este por aludido; Pog Clinc, a su vez, me asaeteaba a miradas de desprecio, que terminaron avergonzándome, por más que las dudas sobre la cordura del anciano me asaltaron de nuevo, cuando lo vi dirigirse a un rincón del muro y susurrar ante una pequeña oquedad:

—Snorri, viejo amigo, los visitantes que aguardábamos han llegado ya.

Tras un largo chirrido metálico que sonó en el interior de la piedra, producto, sin duda, de la acción de algún oculto mecanismo, la pared empezó a plegarse, dejando a la vista una cueva destartalada. Estaba la pequeña caverna atiborrada por completo de lajas de piedras, pergaminos, así como papeles escritos en caracteres extraños sobre los que se afanaba de continuo, bien para leerlos, bien para escribir de nuevo sobre ellos, usando caracteres idénticos, un hombre provecto, más joven, desde luego, que el mago Gris, pero también muy arrugado. Lucía un escaso cabello claro, no tanto por la edad, como por su carácter albino, según lo testimoniaban unos ojos cuyos blancos se aparecían enrojecidos por ello y por el esfuerzo de fijar la vista sobre sus documentos al brillo ralo de un candil de carburo con el que la cueva apenas se iluminaba.

Levantó la vista de las runas en las que trabajaba y, así que nos vio a los tres parados ante el dintel de su guarida, compuso en su rostro un gesto de desconcierto:

—¡Pe… pero estos no son Iker, Lucas y Matías! Merlín nos dijo que solo ellos serían capaces de ahuyentar las pesadillas de Yogui y alejar de nosotros el maligno espíritu de Croma!

Capítulo 12: El Reino del Espejo (final)

—¡Oh, sí! —respondió Perla—. Al fin y al cabo, tienen plumas como nosotras, así que algo nos tienen que tocar. Siempre es bueno conocer la historia de la parentela. Da para presumir con las amigas.

Tras un breve conciliábulo, trazamos un plan para el rescate del resto de los tripulantes de El Temido: como sería imposible que Lord Crokinole, el señor Terophontax y los cuatro soldados, por su tamaño, pudieran atravesar el llano de dunas sin ser descubiertos por las arpías, ni penetrar en el castillo, sin correr el riesgo de envenenarse con las espinas de los cactus cobra, decidimos que compondríamos la expedición solamente el enano, que conocía en parte el terreno, Pog Clinc, y yo mismo.

—Podríamos también acompañaros —terció Petra—. Nadie va a sospechar de unas gallinas picoteando de un lado a otro en busca de gusanos.

—Me parece bien —intervino Lord Crokinole—, siempre que dejéis los polluelos a nuestro cuidado. Solo os servirán de estorbo y con su constante alboroto pueden dar al traste con vuestro empeño.

Aceptaron aquellas de mala gana, pues no gustaban de ir a ninguna parte dejando atrás a sus crías, pero sabedoras de lo fundado del temor del inglés, de modo que en poco tiempo nos lanzábamos a la aventura.

Dividimos en dos columnas nuestro pequeño grupo, compuesta la primera por Petra, Perla y Purpurina que se aproximaron al castillo en descubierta, atrayendo así la atención de las arpías, quienes se limitaron a concentrar su mirada en ellas, observándolas picotear aquí y allá, pero sin sospechar que su presencia pudiera suponerles ningún tipo de amenaza.

Pog-Clinc, el enano y yo reptamos en silencio por las dunas, al amparo de una oscuridad que se había apoderado poco a poco de la playa, tras hundir el sol en el horizonte marino sus últimos reflejos rojizos. Alcanzamos enseguida el arco de entrada al castillo y nos deslizamos con cautela por entre los huecos que se abrían en las ramas y espinas de los cactus, hasta llegar al patio de armas de que habló aquel, lugar en el que nos hallábamos a salvo de la vigilancia de las horribles criaturas, mitad personas, mitad aves, que se limitaban a observar el exterior de la fortaleza.

Frente a la entrada se levantaba la majestuosa escalinata que conducía a la zona residencial y a su lado, una estrecha portezuela, con dintel redondeado, debía dar paso a las prisiones, calabozos y mazmorras de los sótanos.

Lo más escondidamente que nos fue posible, nos fuimos deslizando, uno a uno, los seis expedicionarios; descendimos por una estrecha escalerilla de caracol que al cabo de no sé cuántas vueltas y revueltas nos condujo a una oscura sala, de techo muy bajo, de la que salía un canal de aguas negras y malolientes que debía desembocar en el mar. Se agolpaban en ellas, caminando erguidos, un buen número de aquellos peces que ya tuvimos ocasión de ver en la Gruta de las Sirenas, y que con tanta precisión nos describiera Petra, como autores del aprisionamiento de nuestros camaradas de El Temido.

De una bocina colocada en el centro de la bóveda de piedra caliza que sustentaba el techo, salía una voz bastante deformada por la distancia:

—Como los prisioneros, atrapados por el sortilegio de la flor de loto azul, no precisan vigilancia, os ordeno que vayáis al mar y no regreséis hasta traer noticias ciertas del otro barco, cuya tripulación, compuesta por marineros fornidos y soldados de casacas rojas, nos será de más provecho para nuestro propósito que los desharrapados piratas-muñecos que hemos capturado hasta ahora.

Trabajo me costó contener y silenciar a Perla, que, muy ofendida por verse tratada de ese modo, rezongaba:

—¡Habrase visto! ¡Y este quién se cree que es para insultar así a una digna gallina, miembra fundadora de la Sociedad Literaria del Green Garden y que siempre ha dormido en el palo más alto de en cuantos gallineros ha puesto huevos! Si es el morito ese que dicen, ¡ya le daré yo desharrapamiento cuando tenga ocasión de echármelo a la cara!

Una vez calmada la gallina y así que los peces se fueron arrojando a las negras aguas del canal, iniciamos con harta cautela el camino de un oscuro corredor, carente de todo tipo de iluminación, que, nos pareció, debía conducir a las mazmorras del castillo.

Cuando habíamos ya avanzado un buen trecho, tanteando las paredes a fin de evitar tropiezos, Pog Clinc, que encabezaba la marcha, se detuvo en seco y eso provocó que los demás, que caminábamos en hileras, chocáramos unos con otros. Se levantó un airado coro de lamentos ayes y protestas que el cerdito silenció de manera perentoria:

—¡Silencio! Pog Clinc oye algo.

Callamos todos y, en efecto, pudimos apercibirnos de los roces de unas leves pisadas contra las piedras del suelo; en cuanto estas se aproximaron lo suficiente, saltó sobre quien las producía, entablándose entre ellos una lucha muda y feroz.

—¡Deteneos! —grité al iluminar un débil rayo de luz procedente de la boca del corredor por un instante a los contendientes—. ¡Es Matías!

—¡Pero, si es el maldito cerdo de la isla! —exclamó este al reconocer a la criatura que tenía sobre sí y que con sus pesadas piernas sobre ellas, inmovilizaba sus patitas delanteras—. ¡Yoguina, ayuda!

—No hace falta —le dije por lo bajo—; no hay ningún peligro. ¡Somos nosotros!

—¿Vosotros? ¿Quiénes sois vosotros?

A fin de tranquilizar a la vieja lagartija y a su hija, que se había aproximado al débil rescoldo de luz en auxilio de su padre, tuve que hacerles un apresurado resumen de la cadena de acontecimientos que nos había conducido hasta allí en busca de los cautivos, a lo que ella correspondió gentilmente, poniéndonos al tanto de las circunstancias que les habían permitido huir de su prisión:

—Imagino que por los mismos motivos que en las gallinas, en nosotros tampoco tuvo mayor efecto la visión de las flores y su supuesta corte de imágenes fascinantes y sonidos embriagadores. Eso nos permitió apercibirnos de la subida al barco de los malditos siluros y de cómo estos apresaban a nuestros compañeros. Bastó el cruce de una mirada entre Yoguina y yo para que nos pusiéramos de acuerdo en fingir que estábamos, como ellos, bajo el embrujo de los lotos azules, y los seguimos dócilmente, buscando la ocasión de poderlos liberar. Nos arrojaron a todos a un calabozo que hay un poco más adelante en este mismo corredor, cuya puerta ni siquiera se han molestado en cerrar y al que nadie vigila tampoco. Tras un montón de vanos intentos de ambos por lograr que el resto de los prisioneros volvieran en su ser, decidimos huir de la prisión en busca de la ayuda de la Victoria, pues está claro que habrá que llevárselos de aquí primero, aunque sea a la fuerza, y tratar después de que recuperen la consciencia. Así que procuremos salir y asaltar luego este castillo con los soldados y marineros de Lord Crokinole para rescatarlos y llevarlos a donde los curen.

—Espera, papá —dijo Yoguina—, ahora que Benavides está con nosotros, quizás haya otra forma más rápida de lograr nuestro propósito.

—¿A qué te refieres? —preguntó Matías intrigado.

—Bueno, creo que la libertad de los prisioneros pasa por atraer su atención más poderosamente lo que lo hacen las fascinantes imágenes y los embriagadores sonidos que desprenden las flores de loto azul en quienes fijan sus sentidos en ella. Solo la mezcla de naturaleza y arte, de física y espíritu, que tienen las aladas palabras, puede derrotar el poder de esas flores. Si Benavides les dice uno de sus libros, es posible que su inclinación vire hacia él, y se aleje de los lotos.

Se me quedaron todos mirando con el mudo propósito de que opinara sobre la sugerencia de Yoguina y, tras meditarlo unos instantes, admití:

—Quizás funcione. Supongo que nada perdemos por probar.

Nos adentramos, siguiendo a las lagartijas, aún más en el oscuro corredor, de modo que al poco tiempo vinimos a parar a las puertas del amplio calabozo en que posaban nuestros amigos, todos ellos en una admirable quietud, contemplando con arrobamiento cada cual su flor, de cuyos pétalos emanaba un reflejo azulado que les iluminaba levemente el rostro. Fuera de eso, la oscuridad era total en la prisión, en la que no se advertía ventana o tragaluz alguno y cuyo ambiente estaba por ello sumamente enrarecido.

Avancé con decisión hasta situarme en el centro de la estancia y, sin mayores preliminares, me dispuse a decirles, subyugado quizás por la oscura atmósfera del calabozo, la singular historia que lleva por título El libro de las cosas perdidas, que compuso John Connoly, en el que un chico de doce años se recupera de la pérdida de su madre y restituye su equilibrio mental sumergiéndose, a través del susurro de unos libros, en un territorio fantástico donde adquieren cruda realidad los cuentos tradicionales y los imaginados terrores y monstruos de la infancia, que consigue atravesar triunfante.

A medida que la narración avanzaba, noté cómo los oyentes iban poco a poco dejando deslizarse hasta el suelo a sus flores de loto, hasta que, llegando ya casi al final, uno de los enanos, dijo en voz alta:

—Pero ese libro está equivocado. Nosotros ya no trabajábamos en la minería cuando vino Blancanieves. Éramos jardineros.

—Y, si hubiera sido tan gorda y tragaldabas como la pintan ahí, no la hubiéramos admitido en casa. Es más, entonces se esmeraba mucho y nos tenía muy bien atendidos —dijo otro.

—Pues lo que es ahora —intervino el que nos había acompañado—, aunque sigue sin estar gorda, no para de exigirnos que recaudemos impuestos para ella. Y eso que ya se ha quedado sin nadie a quien cobrárselos. No habrá desarrollado la glotonería, pero sí la codicia. ¡Y no sé qué es peor!

Cayeron entonces los enanos en la cuenta de quién les hablaba y corrieron a abrazarse los tres que habían llegado a bordo de El Temido con su cuarto compañero; quedaron asimismo muy asombrados cuando supieron dónde se hallaban, pues en ningún momento se habían percatado de que el barco navegaba por las proximidades del Reino del Espejo.

Cuando el resto de los muñecos piratas recuperó del todo la consciencia, se extrañaron también sobremanera de hallarse en aquella oscura prisión y hubo que hacerles relación pormenorizada de los sucesos que los habían llevado a ellos hasta allí y a nosotros en su seguimiento. Fue mayor aún su sorpresa e indignación cuando les dijimos quiénes eran sus captores y el malvado propósito con el que habían sido capturados.

Propuso Iker, preso de su cólera connatural, asaltar el castillo y tomar venganza cumplida en el visir Boulos ibn Alkanisas, haciéndolo prisionero y enviándolo a Bagdasco debidamente aherrojado, moción a la que se sumó con entusiasmo el capitán Laurel y el resto de su tripulación, pero con la que no se mostraron conformes Lucas y Lady Victoria, quienes tras conferenciar en voz baja, en medio del alboroto con que los demás se aprestaba a poner en marcha los designio de Iker, se dirigieron a ellos:

—Si no estamos equivocados, nuestra intención primera es dirigirnos a la Cueva de los Enanos en el sur de la Sima Desconocida, liberar a los esclavos de Croma y aliviar las pesadillas de Yogui, por medio de las cuales la bruja controla a su gente e intenta conseguir las esmeraldas arcoíris que han de propiciar su retorno, ¿no?

—Así es, en efecto —concedió Matías—. Pero ¿a dónde queréis ir a parar?

—Pues que, si nuestra intención es llegar allí y el propósito del visir es llevarnos, lo más natural es dejarnos llevar y sorprenderlos después desde dentro, que siempre será más fácil que forzar la entrada de una cueva, que con poco se defiende. En otras palabras, lo que nosotros proponemos es que nos quedemos aquí, nos comportemos como si nuestra voluntad siguiera sojuzgada por nuestros enemigos y permitamos que nos conduzcan a la Cueva de los Enanos. Una vez en ella, atacaremos simultáneamente desde dentro y desde fuera, lo cual nos dará más posibilidades de éxito.

—Y ¿qué haremos con El Temido? —preguntó inquieto el capitán Laurel.

—Creo —replicó Lady Victoria— que mi padre puede destacar algunos marineros para que lo tripulen, de manera que los dos barcos lleguen juntos a la Costa o Playa de los Dinosaurios, como vosotros la llamáis. Sería conveniente que quienes habéis venido en nuestro rescate, os volváis con lord Crokinole y ayudéis en la maniobra de El Temido.

Tras debatirlo unos minutos, el plan de Lucas y Lady Victoria acabó por imponerse, pues a casi todos nos pareció que, por osado, ponía el triunfo más al alcance de la mano.

Retornábamos ya los expedicionarios al exterior de la fortaleza donde nos aguardaba Lord Crokinole; los prisioneros volvían a su lugar y tomaban de nuevo en las manos las flores de loto, aunque evitando ahora mirar fijamente sus pétalos, cuando oí decir a Iker, refiriéndose a ellas con voz llena de ira y desprecio:

—¡Bah! ¡Son como los malditos móviles!

Capítulo 12: El Reino del Espejo (3ª parte)

—Bien está que paguéis con el cuarto de queso restante la deuda que la Real Hacienda tiene con Pog Clinc, mas yo no estoy dispuesto a perdonar los correspondientes intereses de demora…

—¡Pero esto es mi ruina! —se lamentó el desgraciado ministro.

—Aunque tal vez podamos encontrar un medio de compensarlo —dijo el aristócrata inglés con astucia.

Lo miró interrogativamente el enano y aquel prosiguió:

—Es posible que estuviera dispuesto a liberaros del pago, si advirtiera en vos una decidida disposición a informarnos de cuanto necesitemos saber y a ayudarnos en la consecución de nuestros propósitos que, desde ya os aseguro, son del todo legítimos.

—En tal caso —respondió el enano— estoy abierto a colaborar en cuanto necesitéis.

—Pues dad por condonada la deuda.

Rompió a reír entonces el ministro de la Real Hacienda:

—La verdad es que me siento como quien ha engañado a un niño. Os habría contado cuanto sé de cualquier modo; de un tiempo a esta parte pasan cosas muy raras en el reino, que soy incapaz de callar.

—Tampoco yo —contestó Lord Crokinole— os hubiera exigido de verdad el pago, así que no debéis tener cargo de conciencia por ello. Y ahora, si no os importa, ¿podríais decirnos qué está pasando en el reino? Me da a mí que tiene mucho que ver con el asunto que nos ha traído a nosotros hasta sus costas.

—Bueno —dijo el enano bajando la voz, después de echar una ojeada recelosa alrededor para asegurarse de que nadie, salvo nosotros, lo oía—, pues yo creo que ella se las está apañando de algún modo para regresar.

Nos miramos unos a otros en silencio y, por fin, tras unos instantes de desconcierto, Lord Crokinole se atrevió a preguntar:

—Y ¿quién es ella?

Como lamentándose de nuestra supina ignorancia, respondió con cierta impaciencia en la voz:

—¡Quién va a ser! La Madrastra, la Reina Madre, la Bruja… ¡Croma!

Lanzamos al unísono un ¡oh! sorprendido; noté que un fuerte estremecimiento recorría a las miembros de la Sociedad Literaria del Green Garden, que se hallaban a mi lado, desde los picos hasta las colas. Los polluelos, que entonces empezaban a asomar tímidamente las cabezas, se arrebujaron unos con otros y se ocultaron de nuevo bajo las alas de sus madres.

—¡Imposible! —dijo Petra—. Yo misma la vi dormida por el veneno de sus propios cactus cobra, o como quiera que se llamen, igual que al bueno de Yogui, en Villa Vidinha.

—Tal vez —replicó el enano—. Pero ¿puedes asegurar que aún sigue allí?

—No, ciertamente. Hace mucho tiempo que no husmeamos por el castillo. Los cactus han ido creciendo en demasía y ahora lo cubren por completo, formando una maleza espesa y enmarañada, en la que nadie quiere penetrar para no pincharse con ellos y caer también en ese raro sueño mortal, aunque está por ver que esas espinas tuvieran algún efecto en nosotros que, al fin y al cabo, somos de cemento.

—Pues yo te digo que las consecuencias del veneno no deben ser permanentes en ella. A lo peor es como los encantadores esos de serpientes que dicen que son inmunes al de las cobras, porque desde chicos se los van poniendo en pocas cantidades y termina por no afectarles.

—Sea como sea —intervino Lord Crokinole—, ¿qué te hace pensar que está de vuelta?

—El espejo —contestó el enano—, ¡ha vuelto a funcionar!

Y ante el mudo gesto de interrogación que todos debimos componer en el rostro, animándole a que se explicara, dijo a renglón seguido:

—«En mi opinión, todo empezó con la visita de la embajada del país ese tan raro… Bagdasco, o algo así, creo que se llamaba. La capitaneaba un extraño moro chepudo, de barba rala, como hilera de hormigas borrachas, con la cabeza cubierta por lo que parecía un turbante marrón y que, al final, resultó ser su larguísima cabellera, que le daba un par de vueltas a la cabeza y se sujetaba después en el cráneo, rematada por una especie de moña o pompón. Se reunió el tal moro en secreto con la reina y, al cabo de una pieza, compareció esta y anunció con gran contento a toda la corte que el espejo había vuelto a hablar, confirmándola como la más bella del Reino.

—Pero eso ya os lo dije yo —intervino el príncipe, un tanto molesto por quedar fuera de la reunión y no haber sido invitado a presenciar el milagro de la resurrección del espejo.

—Sí —replicó la reina con un cierto desprecio—, mas vos lo decíais por lógica y así no me vale. ¡Ahora lo ha dicho la magia!

—¡Pero la reparación del espejo os habrá costado un ojo de la cara! Ya sabéis como andan las finanzas del reino desde que se fugaron los ratones y no hay a quien cobrarles el impuesto por el queso que se deja de comer.

—¡No tanto! —dijo la reina orgullosa de sí—. Solo la concesión de algunos terrenitos al lado de la playa, para montar un pequeño negocio de venta de flores a los turistas. ¡Hay que diversificar las fuentes de financiación del reino! Estáis cayendo en la obsolescencia, querido.

Quedó el príncipe un tanto molesto y bastante escamado, así que me llamó aparte y me pidió que vigilara a aquel moro atrabiliario y su supuesto negocio de venta de flores a los turistas, razón por la que me dirigí a la costa en su seguimiento.

Lo primero que al llegar allí me sorprendió fue el enorme castillo, mitad palacio, mitad cárcel, que había aparecido de repente en los famosos terrenos de la playa donados por la reina. Y lo que acabó de alarmarme fue que la entrada estuviera protegida por enormes cactus cobra, de aquellos que cultivaba la malvada Reina Madre para fabricar sus venenos».

La nueva mención a los cactus cobra hizo que Lord Crokinole se estremeciera, pero como permaneció en silencio, el enano, tras una pausa, prosiguió con su relato:

»Precisamente por su gran tamaño, creados sin duda para disuadir la entrada o salida de personas de la talla de adultos normales, presentaban multitud de huecos, que ofrecían a quienes no la alcanzamos, la oportunidad de colarnos por entre ellos.

Fue lo que hice y, de ese modo, me hallé, tras atravesar una puerta en forma de arco, en lo que parecía un cuadrado patio de armas, al que daba una ancha escalera de piedra que, supuse, debía conducir al área noble.

Subí por ella, disimulándome lo mejor que pude entre los balastros de mármol que formaban la imponente baranda que la flanqueaba por ambos lados, y llegué a un oscuro corredor, al que daban varias puertas, procedente de una de las cuales, situada en el centro del pasillo, se oía un rumor de voces.

Determinó mi buena suerte que dicha puerta se hallara solo a medio cerrar, de manera que pude atisbar, a través de la hienda que permanecía entreabierta, lo que en ella se cocía: hablaba el moro jorobado con un espejo en el que, sin embargo, no se reflejaba la habitación aquella, sino una enorme cámara vacía, aunque en su fondo parecían moverse unas sombras; iluminadas por decenas de antorchas, miles de gemas de todas las clases formas y tamaños producían una auténtica sinfonía de destellos multicolores. De su centro, emergía la voz estridente, ya un tanto cascada, de la Reina Madre:

—Necesito —decía— más gente aquí. Tus estúpidos siluros no sirven para buscar piedras. Son perezosos y apenas dan para vigilar y los enanos esclavos son ya demasiado viejos y están acostumbrados a buscarlas con mucha parsimonia. El tiempo se me acaba y necesito encontrar una nueva esmeralda arcoíris, con la que podré recuperar mi poder, sin necesidad de seguir habitando los sueños de este estúpido perro envenenado, desde el que poco puedo hacer, aparte de controlar a los esclavos. ¡Y para colmo, tú pierdes todo un precioso cargamento de súbditos de Bagdasco porque alguien quebró el tanque de las sirenas y los prisioneros escaparon!

—No os preocupéis, mi ama —contestó el moro—, mis vigías me avisan de que se aproximan dos barcos, sin duda repletos de fornidos marineros y puede que hasta soldados, que, una vez capturados y rendidos esclavos, nos han de venir como de perlas para buscar esa rara alhaja que pretendéis y con la que recuperaréis vuestro poder y sojuzgaréis a todos los habitantes de la Sima Desconocida.

—Sí, eso lo primero. Después también a los de fuera.

Debió de recrearse sobremanera la bruja en su ambición, pues su voz sonó ahora en extremo complacida.

No quise oír más y me volví por donde había venido, consiguiendo abandonar aquel castillo sin tropiezo alguno. Me dirigí entonces a palacio, pero, cuando fui a dar cuenta al príncipe de los resultados de la misión que me había encomendado, no me prestó atención alguna, embebido como estaba en la contemplación de una flor de loto azul que le habían regalado, de la que emergía una hipnotizadora multitud de fascinantes imágenes y sonidos embriagadores.

Lo dejé por imposible y me dirigí a la cámara de la reina para contarle lo que sucedía, pero ella, no solo no le dio mayor importancia, sino que además me reprochó que hubiera acechado a sus ilustres huéspedes y me castigó por ello, enviándome a cobrar impuestos por el queso mayor de las queserías del reino, que es el que traía a la espalda cuando nos hemos encontrado, y que ha devorado casi en su totalidad vuestro amigo el cerdito».

Tras una breve pausa, en la que intentamos hacernos cargo de las implicaciones de la historia del enano, Lord Crokinole tomó la palabra:

—No creo que sea aventurado en exceso suponer que a nuestros compañeros de El Temido los tienen cautivos en ese castillo-palacio. ¿Podrías llevarnos hasta él? ¡Hemos de liberarlos de cualquier modo!

Asintió el enano y nos pusimos en marcha con presteza hacia aquel extraño lugar, al que llegamos en poco tiempo, pues se hallaba en las inmediaciones de la playa en la que habíamos desembarcado.

La vista del castillo-prisión producía escalofríos: parecía, pese a haber aparecido hacía poco, muy viejo y transmitía una deprimente sensación de abandono y decadencia. Contribuían a ella las ramas y hojas, densamente pobladas de espinas, de los cactus, que lo envolvían de arriba abajo, trepando por entre las negras piedras de sus muros y almenas y agarrándose con fuerza a los salientes de una cornisa que lo circundaba por completo, de la que emergían aladas estatuas de gárgolas horribles.

Estábamos a punto de abandonar la protección del bosquecillo de pinos y adentrarnos en el pequeño llano de dunas, próximo a la playa, en cuyo centro se alzaba el castillo, cuando detuvo nuestra marcha un espantoso graznido que retumbó en sus murallas. Al fijar la vista en ellas, en busca de su origen, nos apercibimos horrorizados de que lo que habíamos tomado por estatuas de gárgolas eran en realidad arpías de negro plumaje, narices ganchudas y bocas desdentadas que terminaban en agudos picos, como astas, con potentes y aceradas garras que remataban manos y pies deformes.

—¿Qué clase de pájaros son esos? —preguntó, intrigada, Purpurina—. Son muy grandes para cuervos.

—Arpías —respondí—, unas criaturas legendarias que salen de vez en cuando en antiguos relatos. Quizás un día, si tenemos tiempo, os diga alguno de ellos.

Capítulo 12: El Reino del Espejo (2ª parte)

—Mi Lord —respondió aquel—, el señor Richmond ha debido beber durante su turno de vigía en la cofa del palo mayor. Se obstina en cantar que hay tierra a la vista por estribor. Su Excelencia mismo puede comprobar que, en el horizonte despejado, no se atisba el menor indicio de ello. No obstante, él sigue erre que erre, añadiendo a su error el pecado de la obstinación.

—Pero, señor —intervino el reo—, yo juro que no he probado una gota y que desde la cofa se aprecia tierra con toda claridad. Mandad a alguien que lo compruebe y, si miento, que se me doble la tanda de azotes.

—¿Para qué hemos de comprobar lo que estamos viendo con nuestros ojos? Callaos y limitaos a recibir el castigo impuesto, sin necesidad de dobleces —sentenció el señor Layermoore, poco dispuesto a que nadie cuestionara su autoridad.

—Un momento, señor Layermoore —abogó Lord Crokinole—. No es bueno precipitarse en los castigos. Lo cierto es que, si se mira hacia estribor hay algo extraño en la línea del horizonte. Parece como si en un punto, las olas chocaran contra sí mismas.

—Ciertamente —respondió aquel—, pero bien puede ser el efecto de dos corrientes marinas enfrentadas.

—También Pog Clinc ve dos lunas y eso no normal.

La intervención del Chester, señalando hacia babor y estribor donde dos recién salidas lunas vespertinas se enfrentaban idénticas la una a la otra, nos sobrecogió a todos.

—¡Cielos! ¡Es verdad! ¿Qué ocurre? —exclamó desconcertado el señor Layermoore.

—Enviad alguien a la cofa y que nos cuente lo que desde allí se ve —ordenó el excapitán Kidd.

A una señal del segundo de a bordo, se destacó un marinero que trepó ágilmente por los obenques y, una vez arriba, gritó:

—¡Tierra a la vista por estribor! ¡A menos de una milla!

Si ya la revelación de la presencia de dos lunas nos había dejado en suspenso y confusos, la observación del vigía terminó por desconcertarnos del todo. A esa distancia era materialmente imposible que, incluso desde el puente, en un día claro como aquel, dejáramos de ver la costa a simple vista y con toda nitidez; sin embargo, esta no se aparecía a nuestros ojos por parte alguna.

—No se quiebren la cabeza vuestras señorías —dijo a la sazón un viejo marinero, que chupaba una añosa pipa de arcilla, sostenida entre sus desdentadas encías, recostado contra la amura de babor—, estamos pasando frente al Reino del Espejo, o, mejor habría que decir de los Espejos, famoso, tanto por el que la reina guarda en su cámara, capaz de identificar a la dama más bella de él, como por este que tenemos delante y que lo protege, ocultándolo, de visitantes indeseados.

—¡Claro! —exclamó Lord Crokinole—. ¡Un espejo! Eso explicaría el misterio de las dos lunas. Aunque hay cosas que no entiendo bien: si es un espejo lo que tenemos delante, ¿dónde se sostiene? Y, ¿por qué no refleja nuestro barco?

—Bueno —replicó el marinero—. No se sostiene en ninguna parte, bien porque es un espejo mágico o porque, en realidad, como dicen algunos, se trata de un fenómeno natural, semejante a los espejismos del desierto que, a veces, se dan también en alta mar. Y, en cuanto al reflejo del barco, puede que no estemos en el ángulo adecuado o porque, en efecto, sea un espejo mágico.

—En cualquier caso, no vamos a tener ocasión de comprobarlo. De detrás de ese espejo, o lo que sea, salieron los botes de los secuestradores de los tripulantes de El Temido. Si no han venido a por nosotros, debe ser porque todavía no nos han visto, así que fondearemos aquí la Victoria y haremos una discreta visita de incógnito a ese extraño reino.

Arrojamos al agua el dory en el que exploramos la situación de El Temido y, los mismos que habíamos regresado en él, enfilamos directamente el punto del horizonte en el que los vigías de nuestro buque nos indicaban la presencia de tierra a una milla escasa de distancia.

El rítmico bogar de los marineros, comandados por el señor Terophontax, nos condujo en poco tiempo al lugar donde las olas parecían chocar contra sí mismas, pero al llegar a él nada extraño percibimos. Por el contrario, el oleaje continuaba mansamente su camino hacia la orilla y ya veíamos dibujarse con claridad la línea de la playa. Fuera espejo mágico o fenómeno de refracción natural del aire, habíamos atravesado la barrera, sin notar choque o sacudida de ninguna clase.
En frente de nosotros se abría una ancha y solitaria ensenada, de aguas tranquilas, sin obstáculo aparente para llegar a la orilla.

—Mi Lord —preguntó el señor Terophontax—, ¿por qué no volvemos al buque y lo fondeamos en esta ensenada? Parece un lugar seguro y a propósito.

—Mejor seguimos nosotros. Después de la ilusión del espejo, no sé con qué otros trampantojos más podemos encontrarnos y, a lo peor, en este caso, la tranquilidad es asimismo ilusoria y acabemos por entrar en una rada erizada de bajíos y arrecifes, de la que después nos resulte difícil salir con bien.

No se cumplieron los temores de Lord Crokinole: la bahía resultó tranquila por demás, así que no mucho después nos hallábamos desembarcando en una espaciosa playa, en cuyas dunas venía a morir un denso bosquecillo de pinos de copa redonda. Pisando sus agujas, nos internamos en la isla hasta alcanzar un camino de tierra que serpenteaba desde la costa hacia el interior.

Llegó hasta nosotros un rumor de quejas, de modo que, por prudencia, decidimos ocultarnos en la espesura y, al poco, atisbamos la figura de un enano que subía el último repecho del camino, antes de coronar el pequeño altiplano desde el que lo observábamos.

Avanzaba el enano lastrado por la carga del descomunal queso que transportaba a la espalda, de casi el mismo volumen que él y, entre jadeos, venía rezongando:

—¡Negra suerte la mía, indigna de un ministro! La reina, dizque ofendida por nuestra inutilidad, me ha ordenado que no comparezca ante ella hasta que no encuentre quien quiera hacerse cargo de este enorme queso y pagar los cuantiosos impuestos que se devengarían por la inmensa cantidad que de él dejara de comer. Pero ¡si ya no queda nadie en el reino! ¿A quién demonios se lo voy a colocar!

—¡Pog Clinc come queso! ¡Pog Clinc come queso!

Y el Chester irrumpió en medio del camino, dando saltos de alegría, para asombro de enano ante tan extraña criatura.

Miró el recién llegado al cerdito con cierto recelo, pero debió sobreponerse a él la voluntad de endosar el queso de cualquier modo, así que se limitó a advertir:

—Puedes comer el queso que quieras, pero te he de cobrar el impuesto establecido para el que dejes de comer y ten en cuenta que el queso es casi de tu tamaño y debe pesar tanto como tú. ¿Tienes dinero para pagar el impuesto?

—Tratándose de queso para Pog Clinc, si hay que pagar algo, yo lo pagaré —dijo Crokinole, emergiendo de detrás del pino en que se hallaba oculto, seguido, para mayor sorpresa del enano, por todos los demás.

—No sé quiénes seáis, pero, si estáis dispuesto a pagar, ¡adelante!

Le tendió el queso al cerdo y extrajo de sus ropas una libreta pequeña y un lápiz gordo, con el que se preparó para calcular el impuesto que habría de pagarse por el que este no fuera capaz de comer.

Se abalanzó Pog Clinc sobre él y en menos tiempo del que se tarda en pestañear devoró tres cuartas partes del queso, tras lo cual dijo:

—Pog Clinc guarda resto para cuando más hambre.

—Lo siento —replicó el enano—, pero la cosa no funciona así: ahora he de hacer complejos cálculos para establecer la proporción que no se ha comido, en relación con la consumida, para determinar el importe de la cuota bruta, a la que se añadirían los recargos correspondientes, lo cual nos darán la cuota líquida resultante, que es lo que deberéis satisfacerme en el acto. De lo contrario os tendré que cobrar además los intereses de demora, cuyo cálculo, a su vez, me llevaría un tiempo que habría que sumar a la demora y tomarme a continuación otro rato más para calcular los nuevos intereses y así sucesivamente, por lo menos hasta la hora de la cena. La ley es la ley.

Dicho lo cual se enfrascó en complejas operaciones aritméticas, en el transcurso de las cuales, mientras las iba musitando, su expresión pasó de una mirada astuta con una despectiva sonrisa, a una frente que trasudaba, un rostro demudado y un rictus de pánico en la boca.

—¡No puede ser! —decía para sí—. He debido errar los instrumentos del cálculo usando un multiplicador pequeño y un multiplicando grande. Veamos.

Guardó en sus bolsillos el lápiz y la libreta que antes había sacado y, tras buscar en ellos, extrajo una libreta gorda y un lápiz diminuto.

—Ahora —murmuró— con el multiplicando grande y el multiplicador pequeño, la cosa debe variar y obtendremos el resultado correcto… pero ¿cómo es posible? ¡Es el mismo!

Tras repasar los números varias veces, se volvió resignadamente hacia nosotros y, con la voz a punto de quebrársele por el llanto, reconoció:

—De acuerdo con mis cálculos, la Hacienda Real le debe al cerdito el valor de un cuarto de queso… ¡Al final, no solo no he logrado recaudar, sino que hemos entrado en pérdidas! Y, encima, como no tengo aquí el dinero para pagar, he de volver a palacio por él y calcular los intereses de demora, que ahora corren en mi contra, por el tiempo que tarde, una y otra vez, por lo menos hasta la hora de la cena. La ley es la ley. ¡La reina me mandará cortar la cabeza por esto!

—¡Pero Pog Clinc no quiere dinero! ¡Pog Clinc cambia por cuarto de queso que falta!

Suspiraba ya de alivio el enano, pensando que solo tendría que dar cuenta del queso perdido, cuando intervino de nuevo en la conversación Lord Crokinole:

 

(continuará…)

Capítulo 12: El Reino del Espejo (1ª parte)

Cuando Lord Crokinole, el señor Terophontax, cuatro soldados británicos y yo mismo nos izamos a la cubierta de El Temido, no pudimos reprimir un escalofrío en la espalda ante la desasosegante sensación de soledad que esta producía. Nadie se veía en la cofa, nadie a las jarcias, nadie en el puente ni nadie en las cámaras. No había tampoco rastro de lucha, ni indicio de que los tripulantes hubieran sufrido alguna clase de violencia para verse obligados a abandonar la nave.

Nos cruzábamos entre nosotros, para explicar aquel páramo, las más alocadas hipótesis que, al poco, nosotros mismos íbamos descartando una por una: que si una ola gigantesca, que si un silencioso monstruo marino, que si alguna súbita epidemia… Y en esas nos hallábamos cuando, de improviso, saltó en la sentina el clamor de un tumulto de cacareos, aleteos y gruñidos, y hacia él nos dirigimos todo lo deprisa que nos dieron de sí las piernas.

El sollado estaba oscuro, como boca de lobo, así que solo pudimos percibir al descender hasta él un torbellino de plumas que giraban, atacando con denuedo a una figura que, en el centro les hacía frente con fiereza, soportando con entrecortados gruñidos la lluvia de picotazos, golpes y arañazos que contra ella se prodigaban. Al principio, nuestra irrupción no hizo sino aumentar el caos, pues todos nos vimos agredidos por aquellas furias aladas y nos defendíamos de ellas cada cual como podía, devolviendo de cualquier modo golpes por picotazos, de suerte que la bodega del barco se transformó en campo de Agramante.

—¡Quieto todo el mundo! —gritó el señor Terophontax, que, a la vista del caos que allí se estaba montando, había salido de la bodega y vuelto a entrar en ella con un fanal prendido.

A su voz, nos detuvimos todos, tirios y troyanos, e iniciamos una especie de rueda de reconocimientos que, de haberse producido antes, nos hubiera librado de alguna que otra magulladura o de más de un arañazo:

—Benavides, ¿por que no avisas? —preguntó una irritadísima Petra, que junto con las otras dos gallinas y sus múltiples polluelos habían formado el más animoso frente de la lucha.

—¡Pog Clinc! ¿Como diablos…?

—¡Capitán Kid…!

Y rompimos todos a hablar a la vez, con lo que, por lo pacífico, casi retornamos al maremagnun del que acabábamos de salir.

—¡A ver, por favor, más despacio y con orden, que podamos enterarnos de todo! —casi suplicó lord Crokinole.

Se adelantaron entonces las gallinas, a las que con un gesto dimos preferencia, por parecernos las testigos más próximas de lo ocurrido a los otros tripulantes del barco:

—Navegábamos con un mar tan plano que hasta la muchacha pelirroja tuvo tiempo de venir con nosotros, como le había prometido a Benavides y decirnos la historia del Polligato

—¿El qué? —interrumpió Lord Crokinole.

—El Polligato, una extraña criatura que no sabe si es pollo o gato, hasta que un búho le hace ver que es las dos cosas o ninguna de las dos, porque no es nada más que un dibujo. Es una bonita historia. Nosotras salimos en ella.

—Pero a mí ese no me la da —interrumpió Purpurina—. Es un disimulado que se quiere merendar nuestros polluelos. ¡Si lo sabré yo!

—¡Anda ya! —terció Perla—. ¡Si no tiene medio guantazo y es un desgraciado!

—¡Mosquita muerta, eso es lo que es! ¡Y fíate tú de las mosquitas muertas!

—Yo creo que solo es alguien confundido por la urgencia de identidades que prima hoy en día —intervino filosófica Petra.

—No entiendo nada —se desesperaba el excapitán Kid, en tanto el resto de los circunstantes ponían cara de lo mismo.

Como la cosa amenazaba con encallarse, tuve que intervenir:

—Se trata de una historia que me contó Matías y que mientras decidía si debía preservarla o no, guardé entre las páginas del cuaderno de bitácora, donde la hallaría Lady Victoria. A falta de otra cosa, debió pensar que sería buena idea usarla para entretener a los miembros de la Sociedad Literaria. Pero no tiene mayor importancia. Petra, prosigue, por favor, con tu cuento.

—Pues a lo que iba: nos había leído ya lady Victoria el pasaje en que nosotras salimos y que nos pinta tan a lo vivo que mismamente parece que nos estuviéramos viendo…, yo llevando del ala a mi Borja Mari…, cuando nos distrajo del cuento una voz que pedía permiso para subir al barco. Todos los que alcanzábamos nos pusimos a mirar por la borda y recuerdo que los polluelos empezaron a desbandarse y corretear, como suelen, de un lado para otro, sin dejar de preguntar con atropello: «¿Quién es, mami? ¿Quién es?». Los mandé callar en lo que yo misma me informaba y vi que rodeaban el bergantín cinco o seis barcas tripuladas por bellas floristas, portando unas bateas planas, repletas de flores azules. Lo más curioso es que ni veíamos entonces, ni habíamos visto antes, tierra alguna de donde las barcas se hubieran hecho a la mar y, cuando el capitán Laurel miró hacia arriba para reprochar a la Mariquita vigía que no nos hubiera dado aviso de que estas se aproximaban, la halló, como siempre, dormida junto a su inseparable botella de grog. Al final, la calma y serenidad que transmitían las floristas y la belleza de las flores que se apreciaban en sus bateas, hizo que el capitán Laurel, a ruegos del resto de la tripulación, consintiera en que aquellas se izaran a bordo. No bien se hallaron en el barco, empezaron a repartir entre cuantos aquí nos hallábamos lo que nos dijeron eran flores de loto azul, que ofrecían como regalo de bienvenida a su mundo. Nos dijeron que, para apreciarlas del todo, era preciso fijar intensamente los ojos en ellas y veríamos emerger de sus delicados pétalos azules una hipnotizadora multitud de fascinantes imágenes y embriagadores sonidos. Intenté hacer lo que se nos decía, pero, la verdad, ni vi, ni oí nada, y me percaté de que a Perla y Purpurina le pasaba lo mismo. Digo yo que sería porque, como nuestros ojos no están uno junto al otro, sino cada uno a un lado de la cabeza, nos resultaba imposible fijar en la flor los dos a la vez.

»Al poco tiempo, nuestros compañeros, privados de consciencia y sin oponer resistencia alguna, fueron conducidos a las barcas por unos extraños y enormes peces negros, salidos quién sabe de dónde, que caminaban erguidos sobre piernas delgadas, bastante torpes, y por debajo de cuyas aletas ventrales asomaban unos cortos brazuelos. No pudimos ver más porque, asustadas y temiendo por los polluelos, vinimos a refugiarnos a la bodega, en la que permanecimos ocultas un buen rato. Al cabo de un tiempo, oímos ruido en la cubierta —sin duda se trataba de vosotros— pero, temiendo fueran los peces que venían de nuevo en nuestra busca, procuramos retirarnos más hacia el vientre de la nave y ahí fuimos sorprendidas y atacadas por este bicho tan raro, al que ya antes trajeron al barco, de donde huyó, pero que, en la oscuridad de la sentina, no sabíamos quién, ni qué era, por lo que nos defendimos de él lo mejor que supimos.

Concluyó la gallina su relato, que nos suscitó dudas nuevas, sin reafirmar ninguna de nuestras antiguas certezas y todos miramos interrogativamente a Pog Clinc, quien arguyó:

—Pog Clinc no sabe nada. Pog Clinc en bodega de barco para buscar queso, mientras piratas buscan tesoro de capitán Kidd y Pog Clinc encierra en cueva. Ellos salen de ahí sin que Pog Clinc sepa cómo y barco zarpa con Pog Clinc dentro. Pog Clinc pide perdón capitán Kidd porque Pog Clinc ya no guarda tesoro.

Enternecido, Lord Crokinole, lo puso al corriente de lo sucedido desde que, llevando el cofre con las monedas de chocolate, se internó en el islote para ocultarlo, tras de lo cual el cerdito se limitó a encogerse de hombros:

—Pog Clinc hace su trabajo. No culpa de Pog Clinc. Pog Clinc quiere queso.

Se echó a reír el antiguo capitán Kidd y prometió nombrar al Chester interventor mayor de la industria quesera de la isla de Crokinole. Cuando, después no pocos esfuerzos para explicárselo, entendió este la naturaleza del cargo, se mostró muy satisfecho y no paraba de bailotear, salmodiando:

—Pog Clinc guardará mucho queso. Pog Clinc comerá mucho queso.

Anclamos El Temido para que no lo arrastraran el oleaje o las corrientes y volvimos a la Victoria, en la que, según el barullo que, a medida que nos aproximábamos, llegaba a nuestros oídos, parecía reinar un clima semejante al que habíamos vivido en el bergantín.

Los gritos de una encolerizada discusión entre los marineros cruzaban la cubierta de un cabo a otro:

—Así me hagáis azotar mil veces, yo he visto lo que he visto y no me he de desdecir de ello —gritaba un irritado marinero, en quien, despojado de su camisa y con el torso desnudo, otro dos se aprestaban a cumplir la tanda de azotes a que había sido condenado por el segundo de a bordo y oficial al mando de la balandra, el señor Layermoore.

—¿Qué está sucediendo aquí? —preguntó imperativo Lord Crokinole.

Capítulo 11: El capitán Kidd (final)

Me giré con brusquedad, solo para encontrarme de frente con tres amenazadoras bocas de pistolas que el señor Haukins y otros dos compañeros suyos esgrimían y con las que me conminaban a que me diera preso. Asentí, aparentando docilidad y en cuanto noté que la tensión de su vigilancia se relajaba un poco, volví la cabeza y grité a todo pulmón, con la esperanza de que Pog Clinc me oyera:

—¡Ponte a salvo! ¡No vuelvas al barco y lleva el tesoro a buen recaudo! ¡Volveré a buscarte, lo prometo!

Para mi mayor desconcierto, los hombres que me vigilaban no hicieron asomo de silenciarme, antes al contrario, redoblaron sus risas y sus rechiflas.

—Con respecto a Pog Clinc, tanto nos da que vuelva, como que no. Es más, si no lo hace, será trabajo que ahorraremos. En cuanto al tesoro, hace ya días que los doblones auténticos se guardan en la caja de las monedas de chocolate y son estas la que han ido a parar al fondo del cofre. Si Pog Clinc comiera algo distinto al queso, tendría con qué entretenerse antes de morir de aburrimiento y abandono en esa asquerosa isla. Por lo que a usted se refiere, seguimos escrupulosamente las instrucciones que nos dio Lord Sandwich, que usted mismo me entregó en aquel sobre lacrado: en él nos decía que si tenía la habilidad y osadía necesarias para esquivar las asechanzas del bandido Jack Sheppard y su tropa, le diéramos la oportunidad de ver cómo se desempeñaba al mando del barco, y, si lo hacía bien, lo aguantáramos hasta obtener unos beneficios razonables, después de lo cual, deberíamos deshacernos de usted de la manera que se nos antojara. Así, tales beneficios solo habrían de repartirse entre él y nosotros, como hemos venido haciendo desde siempre, en los muchos años que llevamos al servicio de Lord Sandwich. Y ahora, si no le importa, tenga la bondad de acompañar a estos señores hasta su nuevo camarote, en la sentina del buque, en tanto decidimos qué destino darle.

Pasé ignoro cuánto tiempo sumido en la profunda oscuridad que reinaba en el vientre del navío, en la que lo único que llegaba a percibir del exterior era la mayor o menor agitación del mar, que se transmitía inmediatamente a las tablas del buque y de ahí a mi propio cuerpo, obligado a permanecer en posición semiyacente por la estrechez de hediondo cubículo al que se me había arrojado.

Por fin, a la luz dudosa de un crepúsculo que en esos momentos no sabía si matutino o vespertino, vinieron a buscarme y me condujeron a mi propio camarote, ocupado ahora por el señor Hawkins.

—Va a tener, capitán, ocasión de rendirnos, quiera que no, un último servicio. Para volver a Plymouth tenemos que pasar necesariamente por la vecindad de los Promontorios del Microcosmus y aquí al amigo Peter Jotha —y al decirlo señaló a un sujeto bajo, de ojos un poco estrábicos, nariz chata y aplastada y una delgada barba pelirroja, quien, al sentirse aludido, sonrió, dejando ver unas muy poco pobladas encías, en cada una de las cuales morían de soledad un par dientes muy torcidos y negros— se le ha ocurrido que para pasar con más seguridad, podemos ponerle al monstruo un señuelo en forma de almadía, encima de la cual ira usted, mi capitán. En tanto el Kraken se entretiene con ella y da cuenta de su Excelencia, nosotros podremos atravesar tranquilamente sus aguas, rodeando uno de los promontorios. Ingenioso, ¿verdad?

No me tomé la molestia de responder palabra, así que, en medio de la algarabía de los piratas, se echó al agua una frágil balsa, compuesta de no más de cuatro pedazos de uno de los mástiles de repuesto, unidos de mala manera entre sí por un par de cabos medio podridos y se me obligó a subir a ella, sobre la que solo podía mantenerme en un inestable equilibrio.

Arrastró la Hispaniola la balsa durante un trecho y, cuando notaron que la había cogido la corriente y la empujaba hacia el centro del paso por entre los dos promontorios, arrojaron la amarra y viraron a babor con idea de rodear uno de ellos y bordearlo por fuera.

El truco de la almadía fue, sin embargo, un fatal error de los piratas: quizás porque carecía de calado, no llamó en absoluto la atención del monstruo, quien debió confundirla con unos simples troncos que flotaban en la mar. Lo vi llegar hasta cerca de la superficie, pasar en toda su enorme longitud por debajo de la balsa, sin tocarla, ni reparar para nada en ella y doblar la prominencia marina, emergiendo justo por detrás de la Hispaniola, a la que apresó con sus múltiples tentáculos, deshizo como si fuera un azucarillo y engulló con toda la tripulación y su carga al completo. En solo unos breves minutos, el orgulloso barco de Lord Sandwich había quedado reducido a unos cuantos pedazos de tablas y algunos cabos rotos sobrenadando en las oscuras aguas que circundaban ambos promontorios.»

—¡Vaya! —dije casi para mí—. ¡Otro brillante capítulo para el tratado malacológico del señor Pontoppiden!

—¿Perdón, Mr. Benavides?

—Disculpad. Solo son cosas mías, sin importancia. Recordaba, a propósito de vuestro cuento, cierta ennegrecedora experiencia que tuvimos algunos tripulantes de El Temido con el Microcosmus.

Tras esta casi involuntaria digresión, Lord Crokinole prosiguió con su relato, del que, pese a haberme invitado a su barco en calidad de rapsoda, había acabado por transformarme en atento auditorio:

«El capricho de las olas y de las corrientes fue zarandeando la balsa de un sitio a otro, sin que pudiera yo gobernarla en forma alguna ni tener el control de a dónde me llevaba. Temía, con razón, que de no empujarme pronto a alguna orilla, acabaría por perecer de hambre y sed, o por ser pasto de algunas de las inquietantes criaturas marinas que, de cuando en cuando, se aproximaban y cuyas oscuras aletas triangulares veía emerger y dar vueltas en torno a ella.

Quiso, no obstante, la fortuna que, con vida y entero aún, la almadía fuera arrastrada por el oleaje hasta las costas de la isla de Crokinole, que entonces se llamaba de Minos, aunque no de manera tan suave que no se hiciera pedazos contra los arrecifes y me viera obligado a nadar hasta una ensenada de regular tamaño, en la embocadura de una ría, por donde trasegaban multitud de embarcaciones de muy diversos calados y oficios.

Fui socorrido con presteza y llevado hasta la ciudad ante las autoridades de la isla, una vez que di cuenta de mi patria y calidad, usando mi nombre verdadero y no el seudónimo de capitán Kidd, al que hice quedar por muerto de manera definitiva, por temor a que se me reconociera como pirata y hubiera allí también cuentas pendientes con la justicia por ello.

En el camino, me refirieron la triste situación en que aquel reino se hallaba, con la heredera al trono víctima de un hechizo que la mantenía sumida en un profundo sueño del que solo podría despertarla el beso de un apuesto príncipe, que, lamentablemente, no acababa de aparecer.
Cuando fui presentado al anciano rey Minos como un aristócrata inglés, que había naufragado no lejos de las costas de la isla, este, despertándose de súbito del sopor en que se hallaba sumido, me preguntó si mi familia estaba entroncaba, aunque fuera de manera remota, con alguna casa real.
Recordé entones que mi padre solía contar que, entre nuestros antecesores, se encontraba no sé qué oscuro príncipe sajón, lo cual acabó de despertar el entusiasmo de su Majestad, quien, levantándose del trono con una ligereza absolutamente impropia de sus muchos años, exclamó:

—Vayamos sin dilación a la cámara real en que mi hija reposa y, al menos, hagamos la prueba. Algo me dice que esta puede ser la buena. También es la única ocasión que se nos ha presentado en hace ya no sé cuántos años.

Mientras recorríamos los laberínticos pasillos del castillo de Minos me asaltaron multitud de dudas y vacilaciones e hicieron presa de mi ánimo algunos pensamientos insidiosos:

—Si en tantos años como ha que duerme —me decía— la princesa, no se ha despertado con el beso de algún príncipe, pese a la enorme recompensa que ello traería aparejada, solo puede ser por dos motivos: o el asunto de beso no funciona para deshacer ese hechizo y, en realidad, no está dormida, sino muerta en vida; o la princesa es fea cono un sapo y no ha habido príncipe que haya querido besarla.

Ambos temores resultaron, sin embargo, infundados: la princesa no es que fuera una belleza de cuento, pero los cabellos pelirrojos que ondeaban sobre la lujosa almohada, la piel pecosa del rostro de nariz ligeramente respingona, los firmes labios de color rosa pálido y la más que regular figura que se traslucía a través de las finísimas sábanas de Holanda con que estaba tapada, la hacían sumamente atractiva, incluso antes de contemplar la inteligente y risueña mirada que habría de exhibir una vez abiertos los ojos.

No me entretuve en muchas consideraciones y, con cierto embarazo por la expectación que se creaba a mi alrededor, puse mis labios encima de los de la durmiente, quien reaccionó inmediatamente, abrió los párpados de par en par y, mirando en torno, preguntó extrañada, sin saber todavía muy bien dónde se hallaba:

—¿Qué pasa? ¿Es que me he dormido?

Lo demás de la historia lo conoce de sobra. Nos enamoramos, nos casamos, nació Lady Victoria y después surgieron las complicaciones que ya sabe, tras esa nueva intervención de la maldita Croma en la vida de los reyes de Minos. A raíz de ella, volví a Inglaterra para negociar su adscripción al Imperio, cambiando el antiguo nombre de la isla por el mío y el título de reyes por el de gobernadores perpetuos, aunque los miembros de la familia real mantengan el de reyes-gobernadores, que será el que un día, Dios mediante, ostentará Lady Victoria. En mi vuelta a Inglaterra, quise ajustar cuentas con el duque de Sandwich, pero supe que el señor Montagu había fallecido solo unos meses antes y sus bienes y títulos divididos entre sus muchos hijos, por lo que hallé inútil cualquier tipo de venganza. Me limité a entrar en contacto con el Almirantazgo para solicitar un nombramiento naval y el permiso para batir estas aguas, luchando contra la piratería., tan abundante entonces en ellas, aunque ya casi solo queda vuestro escurridizo capitán Laurel, con quien no he conseguido hacerme en todos estos años. Perseguía con ello, además de mi venganza, tener ocasión de hallar la isla en que quedó el bueno de Pog Clinc y saldar la inmensa deuda de gratitud que con él tengo contraída por los muchos servicios prestados y sacrificios realizados en mi nombre. Pero hasta ahora no he tenido suerte y sigo sin conocer cuál ha sido su destino, después de tantos años.»

—Pues, en verdad, nunca se ha encontrado muy lejos. Nos topamos con él en un islote a poco más de un día de navegación de la isla de Crokinole, al que arribamos cuando Lady Victoria nos liberó del calabozo. Aún sigue custodiando el tesoro, sin saber que sus monedas son de chocolate; lo cierto es que se muestra muy tenaz en el empeño y espera con paciencia vuestro retorno.

La alegría y la sorpresa por las noticias que le daba se desbordaron en el rostro de Lord Crokinole, siempre contenido a la hora de expresar emociones: prometió rescatarlo de su islote en cuanto fuera posible en el viaje de vuelta y darle a comer todo el queso del mundo.

En ese instante, sin embargo, acabó con nuestro entretenido encuentro el señor Terophontax, al irrumpir en la cámara con una alarmante noticia:

—Señor, El Temido se encuentra a la deriva delante de nosotros. No se ve a ninguno de sus tripulantes. Enteramente parece un buque fantasma.

Capítulo 11: El capitán Kidd (3ª parte)

—Y ahora que Pog Clinc trabaja para ti, ¿cómo Pog Clinc te llama?

Recordé que, en efecto, no había tenido ocasión de decirle mi nombre:

—Puedes llamarme capitán Crokinole.

—Capitán Coki…, capitán Kidd; Pog Clinc llama capitán Kidd. Más sencillo.

No me pareció mal la idea, además de por la simplificación fonética, porque el nuevo nombre permitiría que el ilustre apellido de mis antepasados no circulara por los siete mares, mientras mi recién estrenada capitanía transitaba por la delgada línea entre el corsariado y la piratería por la que habría de moverse, si quería obtener beneficios reales en aquella empresa.

—Sí; capitán Kidd puede ser un buen nombre —corroboré.

Llegamos a Plymouth aquella misma noche. Preguntando a algunos de los escasos viandantes que transitaban la calle a esas horas, nos encaminaron al puerto y, tras descartar otros tres buques, divisamos La Hispaniola amarrada en un extremo del muelle.

Me acercaba a la pasarela de acceso con decisión, dispuesto a hacer valer mi autoridad como capitán y trabar conocimiento con la tripulación, cuando un súbito empellón de Pog Clinc me arrojó al suelo, en medio de unas bateas llenas de pescado medio podrido y vísceras de otros, destripados para evitar que se pudrieran con rapidez.

—¡Qué manía la tuya de arrastrarme a la inmundicia! —no pude menos de exclamar, reprendiéndole tan abrupta maniobra.

Me tapó la boca con una de sus manitas delanteras y señaló hacia el frente, donde tres figuras encapotadas paseaban no muy lejos del barco, aparentando cierta indiferencia:

—Jack Sheppard y sus hombres delante barco. Pog Clinc distrae y tú sube. Después Pog Clinc también sube.

Sin darme tiempo a decir nada más, emprendió una tan alocada carrera hacia donde los tres hombres fingían pasear distraídamente, que solo pudieron percatarse de ella cuando Pog Clinc les pasó por delante de las narices, alborotando para atraer su atención.

—¡Es el maldito cerdo Chester! —exclamó uno.

Echaron todos a correr en pos de él; lo condujo su curso hasta el final del muelle y, sin la más mínima vacilación, saltó a la fría negrura de unas olas que mecían suavemente las embarcaciones amarradas a los norayes.

En la persecución del cerdito y mientras escrutaban inútilmente en su búsqueda el negro mar del malecón, olvidaron la pasarela, momento que aproveché para colarme por ella y llamar la atención de un vigía que dormitaba con descuido junto a la rueda del gobernalle.

—¡Ah del barco! —grité lo más reciamente que pude.

—¿Quién va? —preguntó un aún somnoliento vigía.

—Sube a bordo el capitán Crokinole, puesto al mando de este barco corsario por su armador, Lord Montagu, Conde de Sandwich. Aquí están mis credenciales. Tenga la bondad de hacer subir al puente a mi segundo, el señor John Hawkins.

—Aquí está John Hawkins —dijo a mis espaldas la voz irritada de un marinero malencarado y con una roja cicatriz que le cruzaba el rostro de izquierda a derecha, pasando justo por el entrecejo, según pude constatar al darme la vuelta.

El marinero hizo un claro gesto de repugnancia por el mal olor que mi persona desprendía y que traía causa en las involuntarias visitas a la zahúrda y a la batea de desperdicios de pescado.
Ignorando sus claros ademanes de desagrado y sin mediar palabra, le tendí las credenciales que llevaba, que el demoró en comprobar largo rato a la débil luz de un pequeño fanal, que otro de los marineros sostenía en alto. Ignoro si la prolongada demora obedeció a la poca luz que el fanal proporcionaba o a la escasa pericia lectora del señor John Hawkins.

En tanto revisaba este los documentos que le había tendido, noté que mis perseguidores merodeaban por los alrededores del navío, descubierta ya la treta de Pog Clinc y conscientes de que no había logrado interceptarme, como era su propósito, para impedir que subiera a él.

—Vayámonos de aquí. Ya nada podemos hacer. ¡Ese maldito cerdo me ha hecho perder un beneficio que tenía casi en la mano! ¡Habrá que vigilar el navío hasta que zarpe! —les oí decir mientras se retiraban discretamente y se perdían en la oscuridad del malecón.

Terminó el segundo la inspección de los documentos y me los devolvió, a excepción de la carta lacrada que venía a su nombre y que guardó en el bolsillo interior de la ajada casaca verde botella que vestía.

—Estamos a sus órdenes, capitán Crokinole —dijo con una cierta decepción, que no supo ocultar.

—Puede llamarme capitán Kidd —le repliqué—. Zarpamos inmediatamente.

Se elevó, al oír mi orden, un murmullo de disgusto entre la marinería, que cristalizó en la exclamación del segundo:

—¿Ahora mismo? ¡Imposible! ¡El barco no está avituallado!

— ¡No importa! Lo avituallaremos mañana en Torquay y partiremos de nuevo desde allí, tras completar el embarque de las provisiones…

No había terminado de hablar, cuando la atención de los tripulantes de la Hispaniola se vio distraída por alguien que, tras haber trepado con agilidad por la quilla del barco, una vez a bordo, se dejó caer exhausto sobre las tablas de cubierta.

—¡Nos abordan! —gritaron algunos.

—¡Es un polizón! —dijeron al unísono dos fornidos marineros que se precipitaron sobre el intruso, quien se defendía de ellos bravamente y en silencio.

—¡Quietos, señores! —les ordené—. ¡Déjenlo en paz! Les presento a mi ayuda de cámara, el señor Pog Clinc.

Y señalé al cerdito que, mirando todavía furioso a sus dos captores, se sacudía del cuerpo las últimas gotas de agua del mar.

Hicieron algunos ademán de reír, ante la figura un tanto grotesca de Pog Clinc, pero la fría mirada que se encendió en los ojos del Chester les heló a todos la sonrisa en los labios.

Pese a la reticencia de sus tripulantes, la Hispaniola se hizo aquella misma noche a la mar. Se trataba de una goleta de velacho de solo dos mástiles, con unos veinticinco metros de eslora y seis o siete de manga, de alrededor de doscientas toneladas. Se aparejaba con foques y velas de estay y resultaba maniobrable y ligera, sobre todo en la navegación de ceñida. Estaba armada con dieciséis cañones y componían su tripulación veinticinco marineros, más Pog Clinc y yo. Debía su nombre a haber sido capturada a los españoles por un navío de línea de la armada inglesa, en tareas de corsario. Rebautizada con él —ignoro cuál fue el originario—, la Armada se la vendió a Lord Sandwich, quien decidió emplearla en análogas labores a las que se dedicaba el buque que la había capturado.

El oficio de corsario no dio, sin embargo, el rendimiento que era de esperar. Atrapamos, ciertamente, algunas presas extranjeras, sobre todo francesas, y las llevamos a puerto para que las negociara Lord Sandwich, pero, en vez de llegarnos los beneficios que esperábamos por ellas, se nos notificaba que, al parecer, tales presas habían sido capturadas justo días después de entrar en vigor una tregua o de que se hubiera firmado la paz con Francia y, por tanto, la captura se consideraba un acto de piratería y no una legítima acción de guerra. Eso obligaba supuestamente a devolver los barcos y hasta a indemnizar a sus propietarios. Tales noticias venían siempre en una misiva, que firmaba nuestro armador, envueltas en infinidad de lamentos sobre las cuantiosas pérdidas que la Hispaniola le estaba causando, con la sugerencia de que la usáramos para otro tipo de actividad más lucrativa. Era una clara incitación —casi una orden— a que nos diéramos de lleno al ejercicio de la piratería.

Así que no nos quedó más remedio que abandonar el teatro de nuestro corsariado, por otro menos confuso entre guerras y paces, en el que llevar a cabo con más tranquilidad actividades ya decididamente piráticas.

Llegamos a estas aguas y nuestra suerte cambió en ellas de modo radical. En muy poco tiempo de cabotaje logramos abordar varios mercantes provistos de las mercancías más ricas y variadas: telas lujosas, especias, joyas, aves exóticas de colorido plumaje y algunos lingotes de metales preciosos. Con ello terminamos por ganar una notoriedad que nos granjeó el respeto y la admiración del resto de los piratas que infectaban estos mares.

Comerciamos con el fruto de nuestras rapiñas, hasta convertirlo todo en doblones de oro puro que guardamos en un cofre y tan solo nos quedó en la bodega un cargamento de cacao y azúcar, elaborados como chocolates de las más diversas formas y sabores, que no quisimos vender porque la tripulación gustaba de ellos de modo extraordinario, hasta el punto de casi no comer otra cosa.
Solo Pog Clinc permanecía ajeno a tan insano hábito alimenticio y fiel a su ración de queso, que guardaba en un barril en la bodega, junto al dinero y los chocolates.

Gracias a él, tuve conocimiento del motín que la tripulación estaba tramando a nuestras espaldas: con ocasión de ir por un poco de queso para comer y hallándose el barril que lo contenía ya en las últimas, Pog Clinc cayó en su fondo, viéndose imposibilitado de trepar por sus paredes, resbaladizas por demás, a causa del aceite con que se impregnaba su corteza para mejor conservarlo. Iba a pedir socorro para salir de tan embarazosa situación, pero un rumor de voces lo detuvo. De ese modo pudo oír una conversación entre el señor Hawkins y otros tripulantes de la Hispaniola, en la que le pareció entender que aquellos traidores tenían la intención, siguiendo las instrucciones que lord Sandwich les impartiera, de apoderarse de las monedas de oro y dejarnos en alguna isla desierta o, a falta de ella, arrojarnos directamente por la borda.

Aguardó Pog Clinc a que los conspiradores abandonaran la bodega, hizo oscilar después el barril hasta volcarlo y escapó de su bienhadada prisión sin reclamar auxilio de nadie. Luego, con toda urgencia, vino a verme en secreto a mi cámara, donde entre la excitación y su media lengua, no me fue fácil llegar a entender lo que estaba ocurriendo en el barco.

Cuando, por fin, logré hacerme cargo y, tomando consejo con él, decidimos que nuestra única esperanza de salvación pasaba por apoderarnos del cofre de los doblones y esconderlo, de manera que pudiéramos negociarla a cambio del tesoro.

Aprovechando que estábamos fondeados en una pequeña rada, perteneciente a una isla de la que, en verdad, lo ignorábamos todo, pues habíamos sido arrastrados por las corrientes, en medio de una calma chicha, y llegados a ella en plena oscuridad de la luna nueva, Pog Clinc se ofreció a hurtar el cofre, cargarlo en un bote y llevarlo a tierra, donde buscaría un sitio secreto y apropósito para ocultarlo.

Hicímoslo así y, pensando no ser ni oídos, ni vistos, en medio de unas tan espesas tinieblas que hasta el ruido de nuestros pasos amortiguaban, sacamos entre los dos el arcón de la bodega, y lo cargamos en un bote que, encostado en el barco, estaba ya preparado para la aguada que supuestamente pretendíamos hacer al siguiente día. Descendió hasta él Pog Clinc y en silencio largó las amarras y se alejó del barco en dirección a la orilla.

Hacía rato que Pog Clinc debía haber embarrancado el esquife en la playa y arrastrado el cofre por ella hasta internarse en la jungla, en busca del mejor escondite para el tesoro, y yo seguía allí, inmóvil, escrutando la oscuridad, como si así pudiera adelantar el final de la peligrosa misión que el cerdito había emprendido. De pronto, una algarabía de risas se elevó a mis espaldas y la recia voz de John Hawkins tronó:

—Negocio concluido; nos vamos. ¡Levad anclas!

Capítulo 11: El capitán Kidd (2ª parte)

Terminadas las exequias, hice enganchar de nuevo el faetón y emprendí el mismo camino que poco antes había llevado a mi padre a las puertas de Hinchingbrooke House, donde no resultó nada fácil que consintieran en recibirme.

Cuando así fue, tras no pocos ruegos, conminaciones, insultos y peleas con los lacayos que guardaban la mansión, en que hasta me vi en el trance de ser arrojado al barro de la explanada que había delante del edificio y que servía de estacionamiento donde los carruajes aguardaban el fin de la visita de sus dueños, me condujeron ante la presencia del conde de Sandwich. Era un anciano de ojos vivarachos en un rostro redondeado, provisto de una enorme nariz y abultados mofletes teñidos de rojo, que dejaban traslucir sutiles venillas azules. Vestía su grueso corpachón de manera ridícula y anticuada, con una larga casaca azul, ribeteada en oro, polainas a juego, medias blancas y zapatos de charol con hebillas doradas. Para rematar tan grotesca figura, tapaba su más que notable calvicie con una peluca empolvada de aladares rizados, como la de un presidente de audiencia.

Como era de esperar, negó cuanto mi padre había manifestado en su lecho de muerte y yo le expuse:

—Son solo delirios de un pobre moribundo —me dijo—. Parece mentira que os hayáis tomado la molestia de venir hasta aquí en tan penosa circunstancia, solo para eso. Bastaba con haberme puesto unas letras.

—Sin embargo —apunté de farol, pues no había tenido ocasión de hablar con ellos y, para bien decir, ni tan siquiera sabía quiénes eran, en realidad—, sus compañeros de juegos ratifican la historia punto por punto y coinciden en todos los detalles…

—¡Insidias de malos perdedores, fruto del despecho! —gritó demasiado airadamente Montagu, lo que me hizo sospechar que el dardo, lanzado casi al azar, había hecho blanco.

—A lo mejor es cuestión de ir expandiendo el rumor. Solo con la difusión de la sospecha, vuestros próximos invitados estarán sobre aviso, de manera que os resultará imposible repetir la traza. Eso sin contar el punto al que podría llegar vuestra reputación, si el asunto llegara a comentarse, como es probable que suceda, en la Cámara de los Lores.

Aquella postrer amenaza fue un éxito rotundo, de modo que la actitud de lord Sandwich mudó por completo.

—Bien está —dijo en un tono, en apariencia más conciliador—. Contra la calumnia, la inocencia no tiene defensa posible, así que busquemos una vía de acuerdo que nos evite a ambos una lucha descarnada que a nada ha de conducirnos. Como sería deshonroso no cobrar deudas de juego y, para que vos no quedéis en la miseria a consecuencia de las que vuestro padre contrajo por su mala cabeza, os propongo una solución, si os place.

Asentí, invitándolo a continuar por la curiosidad de saber a dónde quería llevarme, y el prosiguió:

—Lord Crokinole me ponderó en varias ocasiones durante los días pasados vuestras sorprendentes habilidades como marino, así que podríais poneros al mando de un navío que tengo en el puerto de Plymouth, perfectamente aparejado, con la dotación completa y para el que en su día solicité, y me ha sido concedida, una patente de corso, lo suficientemente generosa como para que podamos ambos obtener buenos réditos con poca inversión por vuestra parte.

Tras meditarlo unos breves instantes y sabedor de lo delicado de mi situación y del mucho riesgo de fracasar si llevaba mis presiones contra Lord Sandwich más allá, acepté su propuesta, a condición de que los beneficios netos se repartieran en tres partes iguales: una para mí, otra para la tripulación y la tercera para él y que me proveyera, además, de una cantidad para hacer frente a los primeros gastos.

Asintió sin poner objeciones y me ofreció sesenta libras, además de un buen caballo de monta a cambio del faetón y su tiro, aunque, decía él, estos ya le pertenecían por habérselos ganado en buena lid a mi padre.

Partí de ese modo al día siguiente, camino de Plymouth, con la bolsa repleta, a lomos de un razonable bayo, que elegí de entre los que tenía en sus cuadras y Lord Sandwich consintió que eligiera. Pensaba venderlo antes de embarcarme y obtener por él al menos otras diez libras. Llevaba también en la faltriquera mi nombramiento como capitán del navío Hispaniola, la patente de corso y una misiva de aquel para un tal John Hawkins, mi segundo de abordo en el barco.

Al anochecer del tercer día de viaje, mientras atravesaba —creo— los parajes de Lydford, me condujo el camino que traía hasta un estrecho puentecillo de madera por el que se cruzaba el río, que corría por debajo, formando una profunda garganta, en medio de un frondoso boscaje.
Al final del puentecillo, recostado contra uno de los postes que le servía de puntal y vuelto de espaldas, había un hombre joven que miraba hacia el agua con postura indolente.

Poco antes de llegar al punto donde se hallaba, se irguió en toda su estatura —que era considerable—, extrajo una pistola de entre sus ropas, me encañonó de frente, y dijo mirándome con fijeza:

—Os ruego me excuséis por abordaros sin haber sido presentados, pero sería conveniente para vuestra seguridad y la mía que descendierais de esa montura: en mi caso, para que no caigáis en la tentación de espolearla e intentéis atropellarme y daros a la fuga; en el vuestro, porque mi habilidad con esta arma es notoria y así que hicierais el más mínimo intento de ello, os hallaríais, antes de daros cuenta, con un tercer ojo entre los otros dos, con el que, para vuestra desgracia, nada llegaríais a ver.

Decidí no arriesgarme a verificar si la puntería con la pistola de que hacía gala aquel sujeto era cierta o se trataba de mera jactancia, así que descendí de mi montura lentamente, como me pedía.

—Y ahora —continuó él— pese a que os habéis portado como un auténtico caballero, debo, sin embargo, acabar con vuestra vida por dos razones, que, desde luego, entenderéis: la primera porque es la manera más fácil y segura para mí de conseguir las sesenta libras que lleváis en la bolsa, sin que nadie pueda acusarme por ello, librándome así de recorrer el transitado camino de Tyburn hacia la horca; la segunda…

Pese a la certeza del bandido, ni llegué a entender del todo la primera de las razones, ni a conocer la segunda; una piedra de regular tamaño, lanzada con buen tino desde la copa de una de las grandes hayas que bordeaban el sendero, debajo de la cual habíase situado, le impactó en la parte de atrás de la cabeza y lo dejó tendido en el suelo cuan largo era.

Me adueñé al instante de la pistola, que, en su caída, había rodado por las tablas del puentecillo hasta quedar a mis pies, sin que por milagro hubiera llegado a dispararse. Fue un gesto perfectamente inútil, pues el dueño del arma seguía inmóvil e inconsciente.

Distrajo de él mi atención un rumor de hojas agitándose que sonó en la copa del haya y ver cómo de ella descendía una especie de enano lampiño, de piel muy blanca, hocico achatado y grandes orejas puntiagudas que se doblaban sobre sí mismas: un perfecto ejemplar, erguido sobre sus patas traseras, de cerdito blanco de Chester.

Para mayor asombro mío, la criatura se acercó al yacente y, como si lo estuviera en verdad oyendo, le dijo:

—Tú mala gente, Jack Sheppard. Tú robas queso Pog Clinc.

Después, se volvió hacia mí y con muestras de honda excitación me conminó:

—Huir con Pog Clinc. Jack Sheppard despierta pronto. Gente de Jack Sheppard cerca y busca a los dos.

Después de eso, sin preocuparse de si le seguía o no, se internó en el bosque.

Corrí tras de él y, pese a hacerlo todo lo deprisa que me dieron de si las piernas, presas aún de algunos calambres por la larga cabalgada del día, estuve a punto de perderlo en más de una ocasión. Lo alcancé, por fin, cuando detuvo su carrera al llegar a un claro entre los árboles, en el que se levantaba una edificación rectangular, de techo bajo, rodeada de una valla que cercaba un auténtico lodazal, lleno de excrementos y a la que se accedía por una única entrada, asimismo de muy escasa altura.

—Esconder aquí —dijo escuetamente Pog Clinc. Y se dispuso a introducirse en ella.

—¿Aquí? —pregunté sin poder evitar un estremecimiento por el asco que me producía el lugar—. ¡Pero, si es una zahúrda!

—¡Sí! —replicó aquel sonriente—. Más difícil que en un pajar, encuentras aguja en un acerico. Lugar más difícil de encontrar un cerdo: entre muchos…. ¡en zahúrda!

—Pero… ¡yo no soy un cerdo! —objeté.

—Tú no cerdo. Pero tú ocultas en el fondo. Ningún hombre registra fondo de zahúrda. ¡Huele mal!

Rezongando, pese a reconocer la lógica impecable del razonamiento de Pog Clinc, me introduje en la nauseabunda cochinera; aunque era cierto que olía mal, he de admitir que reinaba en su interior un calorcito agradable, y, de no haber sido por las chinches, hasta hubiera pasado una noche confortable. A su mitad, mi sueño se vio interrumpido por la conversación de dos hombres que, antorcha en mano, buscaron en ella, aunque someramente:

—Aquí no está. Solo hay cerdos. ¡Puaf! ¡Qué peste…! —les oí decir, mientras se perdían en la oscuridad.

A la mañana siguiente, reanudé mi camino hacia Plymouth, acompañado por el cerdito que se negó con obstinación a separarse de mí, alegando, con su peculiar jerga, que aún no me podía considerar a salvo de las insidias de famoso bandolero Jack Sheppard y que, pues me había salvado la vida, era responsable de mí, en virtud de no sé qué extraño código ético que debía cumplir a rajatabla. A la vista de eso, para no pecar de desagradecido, lo invité a unirse a la tripulación de la Hispaniola que yo iba a capitanear, con un sueldo proporcional a los resultados de nuestras labores de corsario, propuesta que, ni que decir tiene, aceptó con el mayor entusiasmo y solo objetó a la cuestión del salario:

—Pog Clinc no quiere dinero. Dinero no bueno. Pog Clinc quiere queso por trabajo.

De modo que prometí darle como paga todo el queso que pudiera comer, pero él negó con la cabeza:

—Pog Clinc no come todo. Pog Clinc siempre guarda queso para cuando más hambre. Pog Clinc quiere un stone de queso cada siete días.

—Está bien —concedí, a sabiendas de la dificultad de conseguir catorce libras semanales de queso en altamar, pero Dios proveería.

Capítulo 11: El capitán Kidd (1ª parte)

Ya en el costado de la Victoria, puesto Lord Crokinole un pie en el estribo de la escala para izarse a su cubierta, se volvió hacia nosotros:

—¿Podía pediros un favor?

Y ante la muda aquiescencia de todos prosiguió:

—Sabes, Victoria, que ni el señor Layermoor, ni el señor Terophontax son lo que se dice dechados de amenos conversadores, así que para paliar el aburrimiento que provocan las muchas horas de navegación tranquila, ¿os importaría que me acompañara en la última etapa de este viaje mister Benavides? Ya tuvo ocasión de mostrarme en la isla de Crokinole sus asombrosas facultades como rapsoda y quisiera poder disfrutar de ellas.

Miraron todos hacia mí, por ver cuál era mi reacción, así que solo tuve que hacer un leve gesto de asentimiento.

—Si él acepta… —dijo el capitán Laurel, todavía dubitativo.

—Yo puedo encargarme en su ausencia del cuaderno de bitácora —terció lady Victoria— y, si no queda más remedio, de leerles alguna cosa a sus gallinas de la Sociedad Literaria.

De ese modo, al grito de «permiso concedido para subir a bordo» y ayudado por el señor Terophontax, ingresé en la cubierta de la Victoria, una balandra de guerra de tres palos, mesana mayor y trinquete, y velas cuadras, de unos veinte o veinticinco metros de manga y ocho de eslora. Estaba dotada de una tripulación de ochenta hombres y dos docenas de soldados británicos, apiñados en la cubierta, cuyas famosas casacas rojas refulgían a la luz del amanecer, y armada con veinte cañones, la mayoría de dieciocho, pero algunos también de veinticuatro libras, según me fue mostrando lord Crokinole.

En el entrepuente se hallaban las dependencias privativas del capitán, mucho más espaciosas y amuebladas con más lujo que las de nuestro bergantín, tanto que daban lugar a dos cámaras, una más pequeña y recoleta, que era la habitualmente ocupada por lady Victoria, cuando acompañaba a su padre; la segunda, mayor, estaba dotada de una amplia cama cubierta con un dosel, donde aquel dormía.

Me acomodaron en la primera de ellas y apenas concluyeron las maniobras de desatraque, así que nos vimos en mar abierto, navegando con tranquilidad sobre un mar calmo, como plato de sopa, bajo un sereno cielo azul, se me pidió que pasara a la habitación de lord Crokinole.

Me recibió envuelto en un amplio batín de seda verde, sentado en una mesita de caoba que había en una esquina, al lado de un ventanal corrido, cubierto con coloridas vidrieras, en cuyo dibujo reconocí una esquemática representación de la isla de Crokinole. Tenía en la mano una copa de jerez, que se había escanciado de una botella de cristal tallado.

Hizo señas de que tomara asiento junto a él en la mesilla y paladeó con delectación un poco del líquido aquel que, herido por los rayos de sol que se filtraban por el ventanal, devolvía reflejos de un dorado intenso:

—Nada mejor que un trago de buen jerez para tomar en medio de una mar en calma.

No volvió a hablar después de eso, permaneciendo en silencio, sumido en profundas reflexiones, así que me atreví a preguntar al poco rato:

—¿Es cierto que, pese a vuestra inquina contra los piratas en general, fuisteis uno de ellos, antes que gobernador de Crokinole?

Como quien despierta de un sueño, levantó su rostro hacia mí, se me quedó mirando de hito en hito y dijo:

—Sin duda, os lo ha debido contar lady Victoria. Ya se sabe que la discreción no es una de las muchas virtudes que la adornan. Pero, en fin, así es, en efecto. Aunque, bien mirado, tampoco tiene nada de extraño: el camino entre la piratería y la nobleza inglesa ha sido intensamente transitado, en ambos sentidos, a lo largo de la historia. En mi caso, aunque nací aristócrata inglés, terminé por ser más conocido por mi sobrenombre pirata: el de «capitán Kidd».

—Y ¿cuál es la peripecia que os condujo de una condición a otra, siendo ambas tan diferentes, si me está permitido preguntarlo?

—Desde luego que puedes. Pasó todo hace tanto tiempo que estas no son ya nada más que historias viejas que solo sirven para ser contadas junto al fuego y entretener a los muchachos en los largos atardeceres del invierno. Nací, único heredero de una antigua y aristocrática familia, en Devonshire. Mi padre, lord Crokinole —no llegué a conocer a mi madre, pues murió de sobreparto, al poco de mi nacimiento—, era dueño de una cuantiosa fortuna, sostenida en rentas procedentes de explotaciones agrícolas, ganaderas y de algunos barcos de pesca, amarrados en puertos de Plymouth y la bahía de Tor. Como buen aristócrata inglés, se aburría mortalmente entre cacería del zorro y cacería del zorro en Berry Pomeroy Castle, un palacio estilo Tudor que mi familia había alquilado hacía bastantes años a Edward Seymour, el cuarto baronet del castillo y duque de Somerset. Por ese motivo, se mostró radiante de felicidad cuando un correo le trajo la invitación de John Montagu, quinto conde de Sandwich, para participar en una de sus célebres partidas de billar, juego al que era muy aficionado, en Hinchingbrooke House, del condado de Huntingdonshire, no lejos de Cambridge. Hacia allá se encaminó alegremente a bordo de un faetón cubierto una mañana de abril y de allí volvió unas semanas después arruinado, triste y tan enfermo que, a los dos días de su retorno, expiró. El día de antes de tan infausto acontecimiento, me hizo llamar a su presencia y solicitó le perdonara por la penosa y hasta desesperada situación en que me dejaba, cuyas causas tuvo a bien explicarme. Al parecer, según había podido concluir él reflexionando sobre el asunto en el duro viaje de vuelta a Berry Pomeroy, todo había sido un astuto plan, tramado por Montagu, para hacerse con sus riquezas y las de otro par de hidalgos rurales, que también habían sido invitados por este, haciendo trampas en el juego del billar.

«Confieso —dijo mi padre— que me costó mucho entender el modo en que habíamos sido engañados, pues no se me alcanzaba a mí que, fuera de en el cómputo de las carambolas, que Montegu siempre dejaba en nuestras manos, se pudiera trampear en este juego. Finalmente comprendí que la clave estaba en las comidas. Empezábamos las partidas muy temprano y, para no tener que interrumpirlas, lord Sandwich nos hacía servir a media mañana, como tentempié, un plato de su invención, que podía comerse sin dejar de jugar, consistente en dos lonchas de carne de ternera asada en su grasa, con una rebanada de pan blanco en medio. Haciendo memoria, recordé que, antes de las comidas, Montagu solo permitía apuestas de escaso valor y que, en ese periodo, los triunfos se repartían de manera bastante aleatoria entre todos. Después, la situación cambiaba: el juego de todos nosotros se volvía menos consistente, en tanto el de Sandwich se mantenía regular y este empezaba a redoblar el valor de sus apuestas. La razón se me aparece ahora como evidente: el plato que le servían a él y que —decía—, en honor a su título, habría de llamarse Sandwich, difería del nuestro en que, pues alegaba que el exceso de carne le iba mal a su hígado, por prescripción de su médico, en vez de llevar las dos lonchas de ternera, llevaba solo una, en medio de dos rebanadas de pan. Nos dolíamos los demás de ello y nos deleitábamos con nuestra comida, ignorantes de que, a la vez, nos estábamos acarreando la propia ruina: al reanudar el juego, nuestras manos estaban manchadas de grasa (ya que Montagu evitaba que dispusiéramos de algún paño o lienzo para secarlas y hubiera sido contrario a la etiqueta limpiarlas en nuestras casacas), de modo que resbalaban por el taco, perdiendo precisión y eficacia, en tanto las suyas, enjutas, lograban golpes atinados.»

»No te digo todo esto —añadió mi padre, con voz cada vez más débil— solo para justificarme, sino para que evites, en cuanto sea posible, las lamentables consecuencias de mi torpeza. Así que puedas, deberás visitar al infame Montagu y usar lo que te he contado sobre él para impedir que el patrimonio de los Crokinole pase a sus manos avarientas o, al menos, se remedie, como sea, el estado de triste indigencia en que quedas.»

»Agotado por el esfuerzo y por el peso de la impotencia y la pena, le tomó un profundo desmayo, del que no llegó a recobrarse.